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FEDERACIÓN LUTERANA MUNDIAL El Trabajo Pastoral con relación al SIDA Consulta Internacional realizada en Kaisersweth del 21 al 25 de Marzo de 1988 Resolución adoptadas por el Comité Ejecutivo de la Federación Luterana Mundial en Dais Abeba, Junio de 1988 PROLOGO El Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida, conocido comúnmente como SIDA, ha llegado a ser uno de los temas más importantes en el mundo. La cantidad de personas con SIDA o infectadas con el VIH* (HIV) está creciendo con rapidez. Hoy encontramos el SIDA en la mayoría de países. Se cree que en el futuro próximo el número de nuevos casos de duplicará anualmente. Muchas iglesias han respondido constructivamente y con profunda compasión a la crisis del SIDA. Se han emprendido estudios; dirigentes eclesiásticos han publicado cartas pastorales; se han organizado programas diacónicos; y se ha ampliado la capellanía hospitalaria. La situación varía en gran manera de un continente a otro, tanto en el aspecto de la difusión de la enfermedad como en relación con la respuesta dada por la sociedad y las iglesias. El factor común es que nos estamos enfrentando con un virus (VIH) transmitido principalmente por vía sexual, que provoca enfermedades incurables, la muerte, y que se está expandiendo en forma epidémica en muchos países. La Federación Luterana Mundial (FLM) siguió este desarrollo con gran preocupación. Varias iglesias miembros se acercaron a la FLM solicitando ayuda. En consulta con la Comisión Médica Cristiana del Concilio Mundial de Iglesias y la Organización Mundial de la Salud, se tienen la convicción de que una importante contribución de las iglesias consiste en el apoyo pastoral que pueden proveer, no sólo a las personas infectadas con VIH o con SIDA, sino también a sus familiares y amigos. Como una organización internacional con iglesias miembros en todos los países mayormente afectados, la FLM provee un espacio de diálogo para compartir experiencias y desarrollar líneas para un trabajo pastoral en relación con el SIDA. En el encuentro del Comité Ejecutivo de la FLM en la localidad de Viborg (Dinamarca) en julio de 1987, se decidió: “que sea convocada una consulta de personas comprometidas activamente en el asesoramiento pastoral, cuidado diacónico y reflexión teológica en relación con el SIDA, para compartir experiencias y desarrollar líneas de acción para una aproximación cristiana responsable al problema en sus diferentes aspectos sociales, nacionales y teológicos. La consulta tendrá que ser convocada de ser posible, en estrecha cooperación con las personas y organizaciones ya involucradas en este área.” Esta consulta se realizó en la localidad de Kaiserswerth, cerca de Düsseldorf, en la República Federal Alemana, del 21 al 25 de marzo de 1988. Su propósito fue triple: · Brindar al personal pastoral, médico y social, procedente de diferentes situaciones, una oportunidad para compartir unos con otros experiencias, perspectivas y preguntas relacionadas con el SIDA. · Ayudar a las iglesias a ver el problema en un contexto global con toda la complejidad que éste conlleva. · Desarrollar líneas de acción para un trabajo pastoral responsable fundamentado en el Evangelio inclusivo y liberador de Jesucristo. Es necesario destacar que esta consulta se ocupó primariamente de los aspectos pastorales relacionados al SIDA, y no de la dimensión ética y médica. La participación de personas procedentes de todos los continentes brindó variedad de perspectivas. Después de las introducciones, gran parte del trabajo se realizó en cuatro grupos. Sus informes fueron discutidos y aprobados por todos los participantes. Sobre la base de las recomendaciones surgidas de la consulta, el Comité Ejecutivo de la FLM, en su encuentro de Addis Abeba, Etiopía, en junio de 1988, adoptó las resoluciones incluidas en este informe y que representan la posición de la FLM. Jonas Jonson Asistente del Secretario General para Asuntos Ecuménicos. Ginebra, Septiembre de 1988. INFORME La consulta reunió a 42 participantes, muchos de ellos nombrados por las iglesias luteranas en 17 países y cinco continentes. El siguiente informe fue preparado en cuatro grupos de trabajo y adoptado por la consulta. Las recomendaciones dirigidas al Comité Ejecutivo de la Federación Luterana Mundial fueron asumidas en Junio de 1988 y están incluidas con sus resoluciones en pág. 7. I. DISCRIMINACIÓN Y DERECHOS LEGALES Y SOCIALES La Iglesia debería abrir sus puertas a todos , sin tener en cuenta quienes son o lo que habían hecho. La salvación es dada a todos por gracia, a través de la fe, y no por causa de hechos o comportamientos. Al aceptar a todos, Cristo dio acceso a su perdón y a la nueva vida. Hoy, en su Iglesia, recibimos esta vida nueva por medio de la Palabra y los sacramentos. Al excluir a alguien de esta fuente de vida, la Iglesia se hace culpable de la más grave forma de discriminación que existe. La difusión del SIDA depende de realidades culturales, sociales y económicas. La Iglesia debería cuestionar seriamente su papel en el desarrollo que facilitó la difusión de la enfermedad, y desafiar a sus propios miembros y a la sociedad para tomar medidas que eliminen actitudes de discriminación y acciones prevalentes en la sociedad. Miedo El miedo está en la base de muchas formas de discriminación. Esta tiene muchas facetas:
El miedo debe ser identificado en la comunidad y en el individuo, y la Iglesia debe responder a través del cuidado pastoral. Todos nosotros tenemos que enfrentar nuestras emociones tales como la rabia, el disgusto, el miedo, el dolor y la desesperación cuando cuidamos a personas afectadas por el SIDA. Discriminación La discriminación también tiene muchas facetas:
En algunos países, el SIDA afectó principalmente a grupos que ya estaban marginados, y como consecuencia aumentó la discriminación (homosexuales, drogadictos intravenosos y prostituidos). El turismo sexual, donde varones económicamente poderosos explotan a mujeres y varones jóvenes, pone en peligro e incrementa el riesgo de la transmisión del VIH. Esto alienta la discriminación, ya que ciertos grupos no son considerados dignos de ser protegidos contra el VIH, sino que son expuestos al virus por motivos de lucro económico. Las estructuras socioeconómicas en el mundo promueven la pobreza de ciertas comunidades y grupos, haciendo más vulnerables a la difusión del SIDA a aquellos que no tienen privilegios. La lucha contra el SIDA es por lo tanto una lucha contra la pobreza, el analfabetismo, la prostitución, la drogadicción y todas las formas de desigualdad social. La falta de información y la información tendenciosa también contribuyen a la discriminación. Efectos de la discriminación . En el nivel individual: La discriminación afecta profundamente a las personas. Ella conduce a la pérdida de auto-estima, a sentimientos de culpa y vergüenza. A menudo las personas con SIDA se apartan por si mismas de la asistencia que necesitan debido al temor a reacciones negativas de los otros. El aislamiento aumenta el sentimiento de “ser el único con SIDA”. Ansiedad, depresión y suicidio pueden ser los resultados. Las personas afectadas por el SIDA necesitan ser aceptadas por la Iglesia y conducidas, junto con todas sus emociones, al redescubrimiento de su dignidad como creadas a la imagen de Dios. La Iglesia debería sostener y cuidar a aquellos que están ocupados de las personas con SIDA, para brindarles fuerza y coraje para continuar su ministerio. .En el nivel comunitario: La discriminación de ciertos grupos los obliga a esconderse. La comunicación, el contacto y la asistencia llegan a ser difíciles y la transmisión del VIH se facilita. La discriminación de las personas infectadas con VIH es un obstáculo serio en la lucha para combatir la transmisión de la enfermedad. La Iglesia tiene especial responsabilidad de reconocer estos grupos discriminados y sus necesidades. La Iglesia debe poner de manifiesto las acciones discriminatorias y desafiar a sus miembros, a la comunidad y al gobierno. Acceso a la información La prevención del SIDA depende del adecuado acceso de todos al conocimiento de la enfermedad. Hoy esta información alcanza principalmente a las personas educadas y ricas, mientras que se deja afuera a grupos con especial necesidad de información y que están altamente expuestos a la pandemia. II. MIEDO Y CULPA La pandemia mundial del SIDA ha dado nacimiento a una epidemia mundial de miedo que necesita ser analizada y a la cual debemos responder. Existe no sólo el miedo a la enfermedad como tal, sino también al estigma social de impureza. El SIDA trae consigo el miedo a la agonía, la inexistencia, el dolor físico, rechazo, aislamiento y vergüenza. en el nivel espiritual las personas con SIDA luchan con la cuestión de la condena o de la salvación. La familia y los amigos, con el temor de ser humillados, perseguidos o de compartir el estigma social de las personas con SIDA, a menudo luchan en profunda soledad con el miedo de perder a sus seres queridos. En algunas congregaciones cristianas, las personas infectadas con VIH o con SIDA no son bienvenidas. Otros fieles temen contraer la enfermedad a través del contacto o al compartir con ellos la Santa Comunión. Además, temen las graves consecuencias si la Iglesia llegara a ser acusada de avalar la “inmoralidad”. Existen razones para temer que el abuso de la información confidencial médica pueda llevar a la persecución en la sociedad de personas VIH positivas. Una consecuencia del miedo es la red de mentiras que alienan a las personas con SIDA de las otras y de la verdad. El miedo desgasta, y puede aun conducir a la destrucción de la identidad del individuo, la plenitud de la Iglesia y el carácter inclusivo de la Eucaristía. El miedo social resulta en discriminación, el miedo individual resulta en aislamiento. Una consecuencia última puede ser el suicidio. Por causa de que el SIDA a menudo es asociado con la homosexualidad, la promiscuidad sexual y el abuso de drogas, la sociedad puede imputar culpabilidad a las víctimas de la enfermedad. Por esto, aquellos que están infectados pueden llevar una pesada carga de culpa. Porque el SIDA es una enfermedad infecciosa, la responsabilidad de haber infectado a otros también conduce al sentimiento de culpa. Esto se ejemplifica con una madre que da a luz a un niño infectado, o por haber diseminado la infección por intermedio del abuso de drogas intravenosas o relaciones sexuales. En otro nivel, una interpretación de la enfermedad como castigo o maldición divina se manifiesta como culpa. Una persona infectada con VIH experimenta culpa por no haberse protegido a si mismo. La culpa puede ser la consecuencia de una familia o sociedad opresora en lugar de ser de apoyo. El Cuerpo de Cristo como una comunidad de reconciliación debe responder afirmativamente a las múltiples divisiones humanas. La primera palabra que la Iglesia debe transmitir a los que están encerrados en el miedo, es la seguridad del Evangelio: “Tranquilízate, porque el Señor está contigo” (Lucas 1:28,30). Segundo, la Iglesia debe afirmar que en Jesús la relación entre enfermedad y castigo fue irrevocablemente destruida. “Ni él ni sus padres han pecado, respondió Jesús; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, yo debo trabajar en las obras de aquél que me envió” (Juan 9:3,4). Dios es un Dios de amor que no aflige a sus amados hijos con la maldición o el castigo de Dios. Tercero, Dios echa fuera la vergüenza, “reconciliando al mundo consigo, no teniendo en cuenta los pecados de los hombres, y confiándonos la palabra de reconciliación” (2 Corintios 5:19). La Iglesia debe responder a la crisis del SIDA en varios niveles:
La dimensión de miedo y culpa en la pandemia mundial del SIDA nos desafía a llegar a ser, en las palabras de Pablo: “embajadores en nombre de Cristo, siendo Dios el que por medio de nosotros les exhorta” (2Cor.5:20). La gracia de Dios tal como fue revelada en la vida y el ministerio de Jesucristo es un cuidado encarnado y no crítico, para con todos aquellos a quienes el SIDA les ha traído sufrimiento. III. MUERTE Y AGONIA En el centro de la confesión cristiana está la muerte y la resurrección de Jesucristo. La muerte como el camino a la vida es el mensaje de la teología del bautismo, en el llamado a la conversión, en la ética cristiana la agonía y la muerte son inseparables de la vida. Esta es una experiencia tanto corporal como social y tiene que ser encarada por cada ser humano. Como cristianos afirmamos que “muriendo a nosotros mismos”, viviremos con Cristo. La comunidad cristiana a través del tiempo encaró la muerte, no sólo con lamentos y miedo, sino también con esperanza y expectativa. La muerte ha sido derrotada. “El no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él” (Lucas 20:38). Por ello la Iglesia siempre estuvo al lado de los moribundos para llevar esperanza. La Iglesia encomienda los muertos a Dios, los sepulta, y reconforta a los enlutados. En tiempos y países en guerra, epidemias y hambre, este ministerio fue la más grande expresión de la vida y de la fe de la Iglesia. En otros tiempos y países, el morir y la muerte se hicieron mayormente invisibles en la vida cotidiana de la comunidad cristiana. La pandemia del SIDA ha llevado nuevamente a la Iglesia hacia la realidad del morir y de la muerte en medio de la comunidad cristiana. Sostenemos a las personas que trabajan con individuos afectados por el SIDA, estén o no comprometidos con la Iglesia. Damos gracias por su trabajo. Ellos necesitan el reconocimiento, apoyo y comprensión de la comunidad cristiana. Llamamos a la Iglesia a reconocer la situación de aquellos que cuidan a las personas con SIDA. Ellos mismos son muchas veces alienados del resto de la comunidad. No podemos ya colocar más la muerte fuera de la vida familiar como si la muerte no existiera, tal como se hace en algunas partes del mundo. La muerte debería ser visible y reconocible en medio de la comunidad. “La comunidad toda muere con el moribundo”, dicen las personas en África. Esto no cambia a causa de que la persona muera de SIDA. El SIDA desafía a la Iglesia, no sólo a desarrollar una más profunda comprensión de la muerte y de la agonía, sino también a desarrollar relaciones con personas que están agonizando, y con aquellos que han estado o estarán de duelo. Las personas no pueden ser dejadas solas en este tiempo de gran tensión y dolor. Si hemos de mostrar la presencia de Dios al fin de la vida, debemos participar en la tarea concreta de asistencia que está asociada con esta enfermedad. Estamos llamados a demostrar la presencia de Dios en Cristo con las personas que están sufriendo y agonizando. Debemos estar en medio de ellas para testimoniar esto. Por causa del prejuicio y del fracaso en la comprensión, un sentimiento de vergüenza y culpa es, a menudo, asociado al morir de SIDA. Esto es verdad, tanto para aquel que agoniza como también para aquel que lo está velando. La comunidad de creyentes está llamada a testimoniar la gracia de Dios al brindar aceptación y apoyo incondicional cuando otros condenan. En algunas Iglesias, hay todavía rastros de tradiciones discriminatorias en las prácticas y ritos de entierro. Personas bajo disciplina eclesiástica, u otras no plenamente aceptadas por la sociedad, no han sido siempre enterrados de la misma forma que otros. A las iglesias se les pide que aseguren que todas esas discriminaciones sean eliminadas. En la muerte no hay desigualdad, ni castigo al difunto, a la familia o los amigos. Las personas moribundas necesitan aceptar tanto la realidad de su muerte como a sí mismas en tanto personas integras. Los cristianos creen que la confesión, el perdón y la reconciliación con Dios son elementos esenciales en esta aceptación. Muchos de aquellos que mueren de SIDA no comparten esta comprensión. Aun así estamos llamados a servirles y testimoniarles. Debemos capacitar a las personas, todas creadas a la imagen de Dios, a sufrir y morir con dignidad. Junto con ellas encaramos la cuestión: “¿Donde esta Dios en todo esto?” Debemos estar junto a ellos y orar con ellos. Las personas con SIDA tienen mucho para enseñarnos acerca de la vida y de la muerte. La Iglesia celebra la vida. En el momento de la agonía ella celebra la etapa final de la vida mortal y el nacimiento hacia una vida eterna. El corazón del Evangelio es que Cristo ha resucitado. Necesitamos hablar de la muerte y resurrección de Cristo. El fue un hombre joven, despreciado y rechazado. Muchas personas con SIDA pueden por tanto identificarse con él. El ministerio a los moribundos y a los deudos no es la responsabilidad del pastor ordenado solamente. Este ministerio debe ser compartido entre todos los miembros de la Iglesia. Un entrenamiento especial es necesario para capacitar a las personas a participar en este ministerio. La inclusión de la comunidad varía grandemente entre áreas urbanas y rurales, como entre culturas. Allí donde las personas comparten este ministerio de esperanza y sanidad se construye una comunidad, los seres humanos son llevados más cerca del Señor crucificado y resucitado. IV. UNA COMUNIDAD RESPONSABLE Y COMPROMETIDA Jesús compartió alimento y amistad con todos, incluyendo a los que habían sido aislados de la “vida decente” o de la comunidad normativa. El sanó personas, les dio sentimiento de valía y esto llevó a un cambio en ellos mismos. Esto es lo que la Iglesia debería ser. Sin embargo mientras proclamamos el Evangelio que debería resultar en la caída de las barreras, la disipación del miedo y la liberación de las personas de la desesperación, en cambio, a menudo hemos excluido individuos y grupos enteros. La pandemia sin precedentes del SIDA desafía a la Iglesia y de hecho a todas las personas de una manera nueva. Miedos infundados deberían ser eliminados a través de la educación y la información, de tal manera que la comprensión y la compasión puedan crecer. El condenar no es una respuesta cristiana a la crisis del SIDA. Las Iglesias tienen que reexaminar su comprensión teológica, su disciplina eclesiástica, las pautas culturales y los hábitos sociales y, al mismo tiempo, descubrir caminos nuevos para ser verdaderas discípulas de Cristo. El SIDA nos desafía a liberarnos de la esclavitud del prejuicio y del egocentrismo y, como Iglesia llegar a ser una comunidad responsable y comprometida que libere a las personas y les conceda esperanza por medio de la fe. · Una comunidad responsable y comprometida es aquella que reconoce su papel en la creación de Dios; y sólo en este entendimiento podemos participar en el proceso de sanar nuestras divisiones.
RESOLUCION SOBRE EL TRABAJO PASTORAL EN RELACION CON EL SIDA El Comité Ejecutivo de la FLM recibió con gratitud el informe de la Consulta sobre “Trabajo pastoral en relación con el SIDA” llevado a cabo en Kaiserwerth, República Federal de Alemania, 21-25 de marzo de 1988. El Comité Ejecutivo toma nota del hecho de que la consulta se ocupó de la teología y práctica pastoral. A pesar de reconocer que éstas no pueden separarse de la doctrina cristiana y de la ética, la consulta concentró su tarea sobre el trabajo pastoral directo, y no trató de responder las cuestiones éticas, sociales o médicas involucradas. La infección con VIH y el SIDA están desafiando a la totalidad del ministerio pastoral de la Iglesia. Sin tomar en cuenta las causas de la enfermedad, en tiempos de sufrimiento confiamos en el Evangelio de Jesucristo que nos aporta el consuelo, el amor y el perdón de Dios. El sufrimiento de un individuo no debería ser considerado como castigo de Dios. La respuesta de la Iglesia al SIDA o a cualquier enfermedad no es la condena sino la compasión, el cuidado médico y pastoral. Toda persona tiene igual derecho al cuidado médico y pastoral cuando está enfermo, sin tener en cuenta el carácter y la causa de la enfermedad. La única respuesta apropiada a la enfermedad es ofrecer el mejor cuidado posible. El Comité Ejecutivo reconoce que una respuesta comprensiva a la pandemia del SIDA llama a la identificación de los factores sociales, económicos y políticos involucrados. La desigual distribución de recursos y cuidados sanitarios dentro y entre naciones, condiciones económicas y otras que causan la prostitución, “el turismo sexual”, la insuficiente enseñanza moral y/o educación sexual, contribuyen a la propagación del SIDA. La prevención requiere que el problema sea encarado en todos sus aspectos sociales y personales. Con relación al informe de la consulta, el Comité Ejecutivo resuelve:
Comité Ejecutivo de la Federación Luterana Mundial Addis Abeba, Etiopía, Junio 1988. (Traducción de Carlos Lisandro Orlov. Iglesia Evangélica Luterana Unida. Buenos Aires, Octubre de 1988.) · FORMA DE DIOS “ Si realmente hay algo de bueno en nosotros, no es nuestro sino que es don de Dios; y si es don de Dios, se lo debemos por entero al amor, es decir, a la ley de Cristo. Y si se lo debemos al amor, debo usarlo no para servir a mis propios intereses, sino para servir a los demás. De esa manera, mi erudición no es propiedad mía, sino de los que no poseen tal erudición; Es mi deuda que tengo para con ellos. Mi castidad no es mía, sino de aquellos que cometen pecados de la carne; a ellos les debo servir con mi castidad. Y esto lo hago presentándola a Dios como ofrenda en lugar de ellos intercediendo por ellos, excusándolos, cubriendo así ante Dios y los seres humanos la deshonestidad de ellos con la honestidad mía...Del mismo modo, mi saber pertenece a los ignorantes, mi poder a los oprimidos, mis riquezas a los pobres, mi justicia a los pecadores. Pues el saber y todo esto son “formas de Dios” de las cuales debemos “despojarnos” para llevar en nosotros “formas de siervo”, porque con todas estas cualidades debemos estar en pie ante Dios e intervenir en favor de los que no las poseen, como si lleváramos el vestido de otros - al igual que un sacerdote que al presentar un sacrificio por quienes lo circundan, lo hace llevando una vestimenta ritual que no es su ropa habitual. Pero también los seres humanos debemos servir a tales personas con igual amor contra quienes los calumnian y los oprimen; porque esto mismo Es lo que Jesús hizo en bien de nosotros”. Martín Lutero: “Comentario de la Carta a los Gálatas” (1519) Las ilustraciones han sido tomadas del Libro “Auguste Rodin - Esculturas y dibujos”. 1994 Benedikt Taschen Verlag GmbH - Hohenzollemring 53, D 50672 Köln. La escultura de la portada se titula “La Catedral”, y la hemos escogido porque con esta acción pastoral deseamos también formar un espacio de encuentro, diálogo y acogida, entre personas de igual dignidad.
FEDERACION LUTERANA MUNDIAL El trabajo pastoral con relación al SIDA · Consulta internacional, realizada en Kaisersweth (República Federal Alemana), 21 al 25 de Marzo de 1988. · Resoluciones adoptadas por el Comité Ejecutivo de la FLM, en Addis Abeba, junio de 1988. * VIH: Virus de Inmunodeficiencia Humana. |