Contenido:
Prólogo
Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Apéndices

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Manual - Apéndices

CAPÍTULO 3

RESPONDIENDO A LAS PREGUNTAS DE FE


Las preguntas de fe nos cohiben generalmente de alcanzar a las personas que viven con y son afectados por el vih y sida. A veces, la gente responde de una forma dañina, que solamente profundizan el sufrimiento de los demás. Mucho de lo que hemos aprendido o presupuesto en el pasado pudiera necesitar ser cuestionado, rechazado, observado con una nueva luz. Necesitamos reflexionar si nuestras opiniones son consistentes con aquello que esta en el corazón de nuestra fe. ¿Este entendimiento de Dios desafía lo que usted oyó en el pasado? ¿Qué diferencia haría para las personas que viven con y son afectadas por el vih y sida?

Seguidamente, consideraremos algunas preguntas básicas desde una perspectiva cristiana formada por la tradición luterana. Comenzaremos mirando a Jesús, quien era inclusivo en la manera que alcanzaba a las personas en necesidad. Otras tradiciones de fe quizás proporcionen respuestas diferentes, aunque en términos de valores básicos y enfoques, es mucho lo que compartimos, y lo que provee la base de nuestro trabajo en conjunto.


¿Qué hizo Jesús?

El ser humano Jesús se relacionó y conoció a la gente de su tiempo en cualquier situación en la que estuvieran. El muchas veces desafió los conceptos culturales y religiosos con palabras como "Habéis oído que os fue dicho, pero yo les digo... .” Él confrontó a sus seguidores con maneras alternativas de relacionarse con la gente, a causa de su profunda compasión hacia ellos. Así, dio vuelta las expectativas de las personas. Aún continúa haciéndolo por nosotros hoy en día.

No necesitamos especular sobre lo que Jesús haría hoy en día. En los evangelios, encontramos lo que el Jesús terrenal hizo, de hecho. En lugar de identificarse con quienes eran considerados respetables o “santos”, él alcanzó a las personas que eran débiles, enfermas, bajas, y socialmente excluidas. Esto incluía a quienes:

  • Eran considerados impuros y estigmatizados a causa de su condición física o enfermedad (por ejemplo, los leprosos).

  • Eran mirados con desdén a causa de su género o clase social (por ejemplo, las mujeres y los pobres).
  • Eran despreciados a causa de aquello que se sospechaba hacían (por ejemplo, trabajadoras sexuales y adúlteros).
Jesús se aproximó, tocó y sanó a quienes la sociedad consideraba “marginales“. Al hacerlo, él violó leyes religiosas (las cuales prohibían la sanación en Sábado) y tabúes sociales (contra aquellos y aquellas con historias sexuales cuestionables). Como resultado, él y sus seguidores eran vistos con creciente sospecha por las autoridades religiosas y políticas contemporáneas. Su amor radicalmente inclusivo, que cruzaba las fronteras, era más de lo que podían tolerar. El arrepentimiento debe comenzar dentro de las iglesias mismas.

Es éste Jesús quien encarna y expresa más directamente la manera de ser de Dios. En Jesucristo, la plenitud de Dios es revelada: él es la Palabra de Dios hecha carne (Jn 1). Jesucristo está en el centro. Él es la clave de cómo vamos a leer e interpretar el resto de la Escritura, al testificar de la gloria de Dios y su promesa a lo largo y ancho de la historia bíblica. En el bautismo, los cristianos son incorporados en Jesús: ellos se vuelven el cuerpo de Cristo en el mundo de hoy. Por lo tanto, estar “en Cristo” es actuar como lo hizo Jesús.

Con este fundamento, debemos desafiar las tendencias de ser moralistas con quienes viven con y son afectados por el vih y sida. Juzgarlos, excluirlos, estigmatizarlos y discriminarlos va en contra de lo que significa tratar a los demás como Jesús lo hizo.

Si profesamos nuestra fe en Jesucristo, entonces también debemos colocarnos juntos con quienes están marginados o excluidos a causa de su condición de vih. Nos encontramos con el Dios que conocemos en Cristo, no separados, sino en y a través de quienes viven con y son afectados por el vih y sida.

¿Cómo es Dios?

Algunas personas piensan en Dios como un ser que es todopoderoso y que emite juicios. Sin embargo, en Jesucristo Dios es revelado de maneras que son contrarias a lo comúnmente asociado con el poder divino: a través de la vulnerabilidad, la debilidad, el sufrimiento, y la muerte inherente a lo que significa ser humano. En otras palabras, Dios es revelado a través de lo opuesto a lo que las personas tienden a asociar con Dios. Esto es lo que se llama la teología de la cruz.

Cuando nos sentimos abandonados, y clamamos con Jesús en la cruz “¿Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado?”, ahí Dios se revela. Este es un Dios de compasión, quien es tocado, que acompaña y sufre con aquellos y aquellas que viven con y son afectados por el vih y sida. Usualmente, dichas personas están ya agobiadas con una sensación de ser condenadas. Sin embargo, la buena noticia es que el poder de Dios es expresado a través del amor incondicional –a través de la gracia y del evangelio -, en lugar de ser expresado a través del juicio y la condena. Este amor inagotable se encuentra en el corazón mismo de nuestra fe: nada “será capaz de separarnos del amor de Dios es Cristo Jesús nuestro Señor” (Rom 8:39).

Esta clase de Dios es descripto en la Parábola del Hijo Pródigo (Lc 15:11-31), la cual es, en realidad, sobre Dios el padre amoroso. Dios demuestra amor incondicional, sin juzgar ni analizar la clase de vida que el hijo ha vivido. El padre abraza y acepta al hijo que retorna antes de tener la oportunidad de arrepentirse. El hijo más grande, quien ha vivido una vida honrada, queda resentido; su vida moralmente honrada no le ha ganado ningún favor especial con su padre.

Dios ama a este mundo (Jn 3:16). En un amor sufrido, Dios está profundamente involucrado en, con y por el mundo. Dios desborda de amor, gracia y misericordia. La iglesia ha expresado esto en términos de la relación dentro de la trinidad –como Padre, Hijo y Espíritu Santo. Este Dios relacional anhela estar en relación con nosotros. La manera en que el Dios Trino se relaciona con nosotros –creando, redimiendo y sosteniéndonos- sienta las bases para nuestra relación unos con otros.

A través del Espíritu Santo, que recibimos en el bautismo, llegamos a ser hijos de Dios. A través de la santa comunión, entramos en comunión con el Cristo crucificado y resucitado, en quien el Espíritu de Dios es hecho visible y tangible.10

 

Seres humanos en relación con Dios

Como seres humanos, somos creados por Dios para vivir en relación con Dios y en comunidad los unos con los otros. Esta comunidad humana es diversamente rica. En lugar de considerar que unos son mejores que los otros, basados en las diferencias de género, orientación sexual, o su condición de vih y sida, nuestras relaciones con los demás deberían ser igualitarias, mutuas y recíprocas.

A causa de que todos los seres humanos son creados a la “imagen de Dios” (Gen 1:26), la dignidad humana es dada por Dios de manera equitativa para los hombres y las mujeres. Dios nos da la capacidad de ser el sujeto de nuestras vidas, en lugar de ser objetos controlados por otros. Cuando no honramos esto, como cuando los hombres ejercen poder dominante sobre las mujeres (ver cap. 2), la imagen de Dios es violada.

Al cuidar de los demás, y de nosotros mismos, Dios nos da el poder de actuar responsablemente. Este es nuestro llamado como cristianos. Esto incluye resistir y trabajar para cambiar lo que es injusto para la convivencia de relaciones justas unos con otros, y actuar responsablemente con relación a nuestros cuerpos y nuestra sexualidad.

A lo largo de mucho de la historia de la iglesia, y en nuestras culturas actuales, existe la tendencia errónea de pensar en el cuerpo como algo malo, y el espíritu como algo bueno. Esto va en contra de la convicción central cristiana de que en Jesucristo, Dios se encarnó y personificó: “Porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad” (Col 2:9).

Consecuentemente, nuestros cuerpos se consideran buenos, no inferiores. Nuestros cuerpos son “el templo de Dios” (1 Cor 3:16). Son la fuente de gozo y deleite, aunque es vulnerable a la enfermedad, al sufrimiento, al abuso y a la muerte. En el Credo de los Apóstoles, profesamos nuestra fe en la resurrección del cuerpo. Esto nos lleva a la cuestión central: ¿Cómo hacer para tener un buen cuidado de nuestro cuerpo, como un aspecto de una ética de cuidados corporales?11 Esto incluye el tomar la responsabilidad para evitar el daño, al darse cuenta de que el comportamiento inseguro y riesgoso conduce a consecuencias dañinas.

En el siglo dieciséis, una plaga mortal, altamente contagiosa azotó muchas comunidades de la Europa Central. Al ser consultado sobre si los cristianos debiesen huir para evitar ser infectados, Martín Lutero dio consejos pastorales prácticos, basados en la fe en las promesas de Dios. Él los urgió a no abandonar a quienes estaban afectados, “tal como Satanás nos tentaría a hacerlo”. Tampoco deberíamos nosotros tentar a Dios al fallar en tomar las precauciones necesarias, lo que en nuestros tiempos significaría usar medidas preventivas (por ejemplo, condones o agujas esterilizadas).

 

Lutero escribió:

Es... vergonzoso para una persona no prestarle atención a su propio cuerpo, y fallar al protegerlo de la mejor manera contra la plaga, y así infectar y envenenar a quienes podrían haber permanecido vivos si él o ella hubiera tenido cuidado de su cuerpo de la manera correcta. Por lo tanto es responsable delante de Dios por la muerte de su prójimo, y es, varias veces, un asesino.”12
De cara al vih y sida, ¿qué consejo similar daría usted hoy en día?

 

Entonces, ¿qué es el pecado?

Desde una perspectiva cristiana luterana, la realidad del pecado va mas allá que ciertas acciones. En lugar de enfatizar primariamente el pecado como una cosa que hacemos (o dejamos de hacer), es importante mirar el pecado, también, como un estado de esclavitud o dominación de la cual no podemos escapar. El pecado es una condición de estar separados de Dios, de la persona que Dios creó para que seamos, de los demás, y del resto de la creación. Todos nosotros estamos inmersos en esta situación conjuntamente, ya seamos vih positivos o negativos.

Esta atadura al pecado es lo que nos lleva a la violación de los Diez Mandamientos, como cuando ponemos en peligro o dañamos la vida de nuestro prójimo y no lo ayudamos y sostenemos en todas las necesidades de la vida (el Quinto Mandamiento: “No matarás”). O cuando fallamos en amar y honrar a nuestra esposa o esposo (el Sexto Mandamiento: “No cometerás adulterio”)13.

Martín Lutero habló de cómo somos al mismo tiempo santos (creados y redimidos por Dios) y pecadores (aún inclinados al pecado). La continua batalla contra el pecado aún continúa dentro nuestro, y en nuestro mundo. Teológicamente, esta atadura al pecado es expuesta a través de la ley, cuyo fin es prevenir o restringir el mal.

 

Pero una vez que el daño ha sido hecho, la ley pierde poder: la Ley no puede redimir. El aplicar el látigo de la Ley a los infectados y afectados, no hará nada para remediar la situación, tan solo la empeorará”14

Si miramos al pecado primariamente como un conjunto de actos que la sociedad considera erróneos o inmorales, entonces algunas personas –especialmente quienes viven con y son afectados por el vih y sida- están bajo sospecha de ser peores pecadores que los otros. Esto hace que las personas que viven con y son afectadas por el vih y sida sean estigmatizadas o discriminadas. Excluir a estas personas de las comunidades es en sí mismo una expresión de pecado. Es equívoco y pecaminoso tratar de repartir la culpa. Debemos resistir cualquier intento de distinguir entre portadores de vih y sida “inocentes” o “culpables”.

Como dijo Jesús, “no juzguen” (Mt 7:1; Lc 6:37). San Pablo también elimina esta especie de clasificación. Él insiste en que “todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios”, y que estamos “justificados gratuitamente por su gracia, en virtud de la redención cumplida en Cristo Jesús” (Rom 3:23-24)

En lugar de condenar a los individuos a partir de fundamentos morales, es importante entender y señalar las causas fundamentales de la propagación de la enfermedad. El factor más prevalente es el de la pobreza sistémica, y todas las privaciones que vienen con ella. Son las prácticas inseguras las que necesitan ser cambiadas, como por ejemplo la actividad sexual sin protección, las agujas contaminadas para inyectar drogas, y los suministros contaminados de sangre.

Ciertas prácticas culturales son abusivas y deshumanizante de los seres humanos, todos los cuales son creados a imagen de Dios. Prácticas culturales que oprimen o violentan a quienes son los más vulnerables, incluyendo prácticas como la mutilación genital femenina, la violación de vírgenes y otras formas de violencia perpetradas contra mujeres y niños.

Los modelos de desigualdad, discriminación y opresión basados en el género, la situación económica, la etnia, la orientación sexual, etc., son expresiones de la dominación del pecado. Asimismo, también, son las maneras en que son gobernadas las prácticas sexuales basadas en reglas de “propiedad” (por ejemplo, la mujer vista como propiedad del varón), o de “pureza” (ciertos comportamientos descalificados porque son considerados como impuros o tabú). Esto prevaleció en los tiempos bíblicos, y continúa en muchas sociedades de hoy.

Es crucial que reconozcamos la forma en que Jesús desafió continuamente las reglas basadas en la propiedad o la pureza. El abiertamente confrontó a quienes por apego a su tradición, “han anulado la palabra de Dios” (Mt 15:6), y a quienes se aferraban a la tradición en lugar de abrirse al nuevo orden de Dios, tal como comenzó en Jesucristo (Mc 7: 1-13). En este nuevo orden, en lugar de que los hombres trataran a la mujer como su propiedad (ver Mc 10:4-9), la normativa es el compromiso mutuo de amor.

Muchas veces las iglesias apoyan o permanecen en silencio en cuanto a presuposiciones, conductas, injusticias sistemáticas, y modelos de control que contribuyen a la propagación del vih y sida. Esto incluye que fallan en:

  • Acompañar a quienes están afectados con compasión y cuidados efectivos.

  • Señalar la pobreza como campo de cultivo para la propagación de vih y sida.
  • Desafiar los presupuestos patriarcales de que los hombres tienen derecho de tener sexo sin protección, y que las mujeres deben someterse a sus deseos.
  • Ser claros en que la abstinencia no es la única estrategia para enfrentar el vih y sida.

Mientras la abstinencia prematrimonial y la fidelidad durante el matrimonio pudiera ser aquello para lo que los cristianos deberían esforzarse por lograr, una respuesta cristiana fiel debe ser la práctica con relación a lo que está ocurriendo realmente, y a las maneras en que el virus es transmitido. En medio de los riesgos progresivos del vih y sida, la prioridad ética debe ser dada a aquello que, efectivamente, protegerá la vida y el bienestar de seres humanos reales, no sólo seres humanos ideales.

 

De cara al sufrimiento, un deseo de sanación

El sufrimiento es muchas veces asociado con el pecado. Las personas que están atravesando cualquier clase de enfermedad han sido alentadas a confesar sus pecados para ser reconciliadas con Dios. La historia de Job, sin embargo, desafía esto: sus penurias no fueron causadas por su fracaso en vivir una vida recta. Hoy en día nos damos cuenta de que mucho del sufrimiento es a causa de factores sociales, económicos y políticos.

Jesús vivió y le predicó las Buenas Noticias a un mundo que asociaba la enfermedad con el pecado. Cuando sus discípulos vieron a un hombre que había nacido ciego (Jn 9:1-3), ellos le preguntaron “¿Sería por sus pecados o por los pecados de sus padres?” Jesús responde “Ni una cosa ni la otra”. Una vez más, trastocó sus expectativas, y en su lugar les recordó el poder de Dios. Y aunque la vista de este hombre fue restaurada, muchas personas que estaban enfermas en ese momento no fueron sanadas físicamente.

Dios no nos abandona, aunque podemos experimentar una soledad profunda en tiempos de sufrimiento intenso. Jesús clamó: “¿Dios mío, Dios mío, porqué me has abandonado? (Sal 22:1; Mt 27:46; Mc 15:34). Dios estaba allí aún cuando parecía que Dios estaba ausente. El sufrimiento no significa que Dios nos ha abandonado.