INTRODUCCIÓN
¿Porqué
las iglesias locales deben involucrarse?
No
podemos ignorar el impacto que el vih y del sida tiene en nuestro
mundo. La pandemia afecta a nuestras comunidades, nuestras familias,
nuestras iglesias, nuestros amigos y amigas, y personalmente
a nosotros y nosotras. Esta es con seguridad la situación si
nosotros, o aquellas personas con las cuales nos relacionamos,
están viviendo o afectadas por el vih y el sida. Hemos visto
o experimentado el temor y el sufrimiento causado por aquellos
que se mantienen distantes o excluyen a las personas que viven
o están afectadas por el vih o el sida. Posiblemente hemos acompañado
a aquellos y aquellas que han muerto por SIDA, o quizás hemos
tenido miedo de hacerlo. Es posible que hayamos permanecido
en silencio, o hemos ocultado las causas reales de sus muertes.
Afortunadamente, hemos sido movilizados por la compasión para
acercarnos y ayudar a aquellas personas que son afectadas. Posiblemente
también hemos promovido sus derechos para que puedan recibir
la medicación y el cuidado que necesitan para vivir, y promovido
medidas que protejan la vida de los demás.
Existen
muchas razones por las cuales las personas de muy diferentes
convicciones y estilos de vida se han comprometido en esta tarea.
Es crucial que trabajemos con aquellos y aquellas que no comparten
nuestra forma particular de vivir la fe o nuestras convicciones
y no tratar de convertirles a nuestros puntos de vista. Si embargo,
es importante que seamos claros con relación al motivo por el
cual nuestra comunidad local y las organizaciones relacionadas
con la iglesia están involucradas. En el centro de esta acción
esta la convicción de que hemos sido llamados por Dios para
ser una comunidad inclusiva que vive la gracia de Dios, tal
como la conocemos en Jesucristo.
Las
y los cristianos luteranos entienden la iglesia como el espacio
donde se predica la Palabra de Dios y se administran correctamente
los sacramentos. Venimos para recibir la gracia de Dios, el
perdón y la vida nueva, mientras tenemos plena conciencia de
todas aquellas formas en la cual continuamos siendo oprimidos
por el pecado. Por medio del pan y del vino de la Santa Comunión,
la gracia de Dios puede ser palpada y saboreada. Aquí recibimos
la presencia salvadora y sanadora de Dios. Somos fortalecidos,
empoderados y transformados para ser el cuerpo de Cristo en
el mundo. Cristo nos acoge en su Mesa; todas las y los bautizados
son bienvenidos. En total contraste con aquellos sistemas y
prácticas que en nuestro mundo excluyen a partir de la fundamentación
de lo que las personas son, o de aquello que han hecho, la Mesa
del Señor es inclusiva para todas aquellas personas que creen.
La
iglesia es compelida a ser “contracultural” al incluir a aquellas
personas que son excluidas por la sociedad. Es justamente aquí,
entre los estigmatizados, que encontramos al Dios crucificado.
Encontramos al Cristo resucitado en el compartir el pan (Lucas
14, 13-35), y nos constituimos en comunión. Nos hacemos uno
con aquellos a quienes los demás consideran “impuros”, “peligrosos”,
o “escandalosos”.
Por
medio del bautismo, somos hecho parte del cuerpo de Cristo.
Pertenecemos íntimamente a Cristo y uno a otros, como hermanos
y hermanas en Cristo. Ya sea que estemos o no viviendo o afectados
por el vih o el sida, pertenecemos al mismo cuerpo y participamos
de la misma comunión. En este sentido, el cuerpo de Cristo
tiene vih y sida. Cristo está presente por nosotros en la
Santa Comunión; estamos llamados a hacernos presentes junto
con aquellos que están infectados y afectados por el vih y el
sida.
Diaconía
(servicio) es parte del ser mismo del cuerpo de Cristo. Es el
lenguaje del cuerpo de la iglesia, es la forma en que realiza
su testimonio en el mundo: aproximándose a los demás en forma
compasiva y sirviendo a todas y todos aquellos que sufren, especialmente
a quienes viven o están afectados por el vih y el sida, y promoviendo
junto con ellos y ellas el ejercicio de derechos. El amor incondicional
de Cristo es “el verdadero espíritu de la diaconía –vivir con,
caminar con, tocar, comprender, servir, cuidar y promover justicia
en estas acciones
Esto incluye el llamado profético para alcanzar justicia, equidad
y liberación para aquellas personas infectadas y afectadas por
el vih y el sida. La iglesia debe ser un lugar de apoyo espiritual
y de reparación social, donde la esperanza en un futuro es proclamada
y vivida ya ahora.
Como
una parte de su llamado diaconal, la iglesia a través de toda
la historia ha acompañado a aquellas personas afectadas por
diversas enfermedades. Pero, ¿por qué tantas iglesias dudan
hacerlo frente a la pandemia del vih y del sida? En esto, iglesias
y cristianos han sido muy a menudo, el problema, espacialmente
cuando sus actitudes y prácticas estigmatizan (etiquetar a un
grupo de personas de forma negativa), y excluir a aquellas personas
que están afectadas o infectadas. Aquellos y aquellas que tienen
otras enfermedades no son estigmatizados o excluidos de la misma
forma en que lo son aquellas personas que viven o están afectadas
por el vih y el sida.
Trágicamente,
las comunidades locales, a menudo, son los lugares en los cuales
estas personas se sienten más excluidas, estigmatizadas o para
nada bienvenidas. Algunas veces se les ha negado la Santa Comunión,
o el beber del mismo cáliz. De acuerdo con San Pablo, la iglesia
es el cuerpo de Cristo. Sin embargo, tal como una persona que
luego murió de SIDA, lo declaró: “Algunas veces he tenido la
impresión que algunos son los dientes, mientras que yo me sentía
aquella parte débil del cuerpo que se debe extraer”
Esta situación es un escándalo porque las y los cristianos están
llamados a dar testimonio y de vivir de acuerdo al ilimitado
amor de Dios tal como es revelado en Jesucristo.
Este
manual pretende ayudar a las personas de diversos estilos de
vida a ser más activos y efectivos en el acompañamiento de personas
que están viviendo o son afectados por el vih y el sida, y al
así hacerlo puedan dar testimonio de la gracia, cuidado y justicia
de Dios para todas las personas.
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