Contenido:
Prólogo
Introducción
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Apéndices

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Manual - Apéndices

INTRODUCCIÓN

¿Porqué las iglesias locales deben involucrarse?

No podemos ignorar el impacto que el vih y del sida tiene en nuestro mundo. La pandemia afecta a nuestras comunidades, nuestras familias, nuestras iglesias, nuestros amigos y amigas, y personalmente a nosotros y nosotras. Esta es con seguridad la situación si nosotros, o aquellas personas con las cuales nos relacionamos, están viviendo o afectadas por el vih y el sida. Hemos visto o experimentado el temor y el sufrimiento causado por aquellos que se mantienen distantes o excluyen a las personas que viven o están afectadas por el vih o el sida. Posiblemente hemos acompañado a aquellos y aquellas que han muerto por SIDA, o quizás hemos tenido miedo de hacerlo. Es posible que hayamos permanecido en silencio, o hemos ocultado las causas reales de sus muertes. Afortunadamente, hemos sido movilizados por la compasión para acercarnos y ayudar a aquellas personas que son afectadas. Posiblemente también hemos promovido sus derechos para que puedan recibir la medicación y el cuidado que necesitan para vivir, y promovido medidas que protejan la vida de los demás.

Existen muchas razones por las cuales las personas de muy diferentes convicciones y estilos de vida se han comprometido en esta tarea. Es crucial que trabajemos con aquellos y aquellas que no comparten nuestra forma particular de vivir la fe o nuestras convicciones y no tratar de convertirles a nuestros puntos de vista. Si embargo, es importante que seamos claros con relación al motivo por el cual nuestra comunidad local y las organizaciones relacionadas con la iglesia están involucradas. En el centro de esta acción esta la convicción de que hemos sido llamados por Dios para ser una comunidad inclusiva que vive la gracia de Dios, tal como la conocemos en Jesucristo.

Las y los cristianos luteranos entienden la iglesia como el espacio donde se predica la Palabra de Dios y se administran correctamente los sacramentos. Venimos para recibir la gracia de Dios, el perdón y la vida nueva, mientras tenemos plena conciencia de todas aquellas formas en la cual continuamos siendo oprimidos por el pecado. Por medio del pan y del vino de la Santa Comunión, la gracia de Dios puede ser palpada y saboreada. Aquí recibimos la presencia salvadora y sanadora de Dios. Somos fortalecidos, empoderados y transformados para ser el cuerpo de Cristo en el mundo. Cristo nos acoge en su Mesa; todas las y los bautizados son bienvenidos. En total contraste con aquellos sistemas y prácticas que en nuestro mundo excluyen a partir de la fundamentación de lo que las personas son, o de aquello que han hecho, la Mesa del Señor es inclusiva para todas aquellas personas que creen.

La iglesia es compelida a ser “contracultural” al incluir a aquellas personas que son excluidas por la sociedad. Es justamente aquí, entre los estigmatizados, que encontramos al Dios crucificado. Encontramos al Cristo resucitado en el compartir el pan (Lucas 14, 13-35), y nos constituimos en comunión. Nos hacemos uno con aquellos a quienes los demás consideran “impuros”, “peligrosos”, o “escandalosos”.

Por medio del bautismo, somos hecho parte del cuerpo de Cristo. Pertenecemos íntimamente a Cristo y uno a otros, como hermanos y hermanas en Cristo. Ya sea que estemos o no viviendo o afectados por el vih o el sida, pertenecemos al mismo cuerpo y participamos de la misma comunión. En este sentido, el cuerpo de Cristo tiene vih y sida. Cristo está presente por nosotros en la Santa Comunión; estamos llamados a hacernos presentes junto con aquellos que están infectados y afectados por el vih y el sida.

Diaconía (servicio) es parte del ser mismo del cuerpo de Cristo. Es el lenguaje del cuerpo de la iglesia, es la forma en que realiza su testimonio en el mundo: aproximándose a los demás en forma compasiva y sirviendo a todas y todos aquellos que sufren, especialmente a quienes viven o están afectados por el vih y el sida, y promoviendo junto con ellos y ellas el ejercicio de derechos. El amor incondicional de Cristo es “el verdadero espíritu de la diaconía –vivir con, caminar con, tocar, comprender, servir, cuidar y promover justicia en estas acciones1 Esto incluye el llamado profético para alcanzar justicia, equidad y liberación para aquellas personas infectadas y afectadas por el vih y el sida. La iglesia debe ser un lugar de apoyo espiritual y de reparación social, donde la esperanza en un futuro es proclamada y vivida ya ahora.

Como una parte de su llamado diaconal, la iglesia a través de toda la historia ha acompañado a aquellas personas afectadas por diversas enfermedades. Pero, ¿por qué tantas iglesias dudan hacerlo frente a la pandemia del vih y del sida? En esto, iglesias y cristianos han sido muy a menudo, el problema, espacialmente cuando sus actitudes y prácticas estigmatizan (etiquetar a un grupo de personas de forma negativa), y excluir a aquellas personas que están afectadas o infectadas. Aquellos y aquellas que tienen otras enfermedades no son estigmatizados o excluidos de la misma forma en que lo son aquellas personas que viven o están afectadas por el vih y el sida.

Trágicamente, las comunidades locales, a menudo, son los lugares en los cuales estas personas se sienten más excluidas, estigmatizadas o para nada bienvenidas. Algunas veces se les ha negado la Santa Comunión, o el beber del mismo cáliz. De acuerdo con San Pablo, la iglesia es el cuerpo de Cristo. Sin embargo, tal como una persona que luego murió de SIDA, lo declaró: “Algunas veces he tenido la impresión que algunos son los dientes, mientras que yo me sentía aquella parte débil del cuerpo que se debe extraer”2 Esta situación es un escándalo porque las y los cristianos están llamados a dar testimonio y de vivir de acuerdo al ilimitado amor de Dios tal como es revelado en Jesucristo.

Este manual pretende ayudar a las personas de diversos estilos de vida a ser más activos y efectivos en el acompañamiento de personas que están viviendo o son afectados por el vih y el sida, y al así hacerlo puedan dar testimonio de la gracia, cuidado y justicia de Dios para todas las personas.




1 One Body: North-South Reflections in the FACE of HIV and AIDS (The Nordic-FOCCISA Church Cooperation, 2005), vol. 1, p. 30, en www.NOGESKRISTNERAD.NO/DOC/OneBody-vol1-Eng.PDF

2 Ibid, vol. 2, p. 7