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LA SEXUALIDAD HUMANA.

Nuevas perspectivas del pensamiento católico.

Estudio realizado por encargo de la Catholic Theological Society of America. Dirigido por Anthony Kosnik.

Ediciones Cristiandad. Madrid. 1978 

V.  HOMOSEXUALIDAD1 

  Un estudio como el nuestro sobre la sexualidad humana resultaría a la vez inadecuado e incompleto si no abordara la cuestión de la homosexualidad. El tema, sin embargo, está plagado de dificultades. Es claro que corremos el peligro de los malentendidos, especialmente en el caso de un lector gue empezara a leer nuestros estudios por estas páginas, sin haber visto los capítulos precedentes. La homosexualidad, como problema ético y pastoral, ha de entenderse y valorarse adecuadamente en el contexto de las anteriores consideraciones históricas, antropológicas y teológicas. Sería injusto para con este estudio, pero aún más para con los innumerables hombres y mujeres de orientación homosexual, formular juicios morales sobre ellos y sobre su comportamiento en nombre de la moral cristiana sin sopesar cuidadosamente la complejidad de la actitud cristiana ante la sexualidad en general. 

  Otro peligro que entraña el abordar este tema se debe al prejuicio y la apasionada hostilidad que invariablemente provoca, fruto de la ignorancia y el temor. Sobre todo para individuos no muy seguros acerca de su propia identidad sexual, la homosexualidad es un tema muy cargado desde el punto de vista emocional, que no permite fácilmente una discusión concreta y objetiva2. Incluso entre individuos muy seguros de su propia heterosexualidad, los mitos populares y su completa ignorancia del tema dan frecuentemente origen a ciertos temores ante los homosexuales. De ahí las incontables injusticias que con estas personas cometen, por ejemplo, quienes consideran a todos los homosexuales como corruptores de niños o como miembros de una subcultura subversiva. Por el mero hecho de suscitar la cuestión de la moralidad objetiva del comportamiento homosexual o por señalar algunos de los problemas que plantea la tradición judeo-cristiana acerca del tema, este estudio corre con toda seguridad el riesgo de ser rechazado inexorablemente en todas sus partes. Pero hemos de decirlo una vez más: si queremos hacer justicia al tema de la moral sexual y más aún a los homosexuales, no tenemos más remedio que analizar de manera crítica y sin prejuicios esta cuestión. Durante mucho tiempo han sido los homosexuales víctimas no sólo de malentendidos, sino también de silencio y abandono por parte de los teólogos y de quienes tenían a su cargo la cura pastoral dentro de la Iglesia. 

  Esta postura que adoptamos explicará el tratamiento, algo más extenso, que se da al tema en el presente estudio. Pero hemos de señalar también las limitaciones impuestas a nuestra tarea. Tenemos, evidentemente, la limitación del espacio. Los problemas y la complejidad de las cuestiones que ello implica, así como la perspectiva genérica y la finalidad de este estudio nos impiden tratar de manera exhaustiva el tema. Ni siquiera podemos presentar un panorama complejo de la investigación, dada la proliferación de estudios que se ha producido en los últimos años3 . Los aspectos fisiológicos, psicológicos y sociológicos de la homosexualidad son actualmente objeto de revisión y, en muchos casos, las conclusiones anteriores han de ser reactualizadas sobre la base de unos datos recién adquiridos. 

  Es difícil decir algo sobre la homosexualidad por encima del nivel de la provisional. Todavía queda mucho por investigar en las áreas de la psicología, la sociología o la medicina, por no hablar de la teología. Pocas cosas definitivas podríamos decir, por ejemplo, a propósito de la atención pastoral a los homosexuales. Pero incluso con esta provisionalidad hay que plantear numerosas cuestiones, disipar muchos mitos y corregir muchos errores. Pero es preciso por encima de todo hacer justicia en varias cuestiones. La alienación, la soledad y la discriminación de que son objeto los homosexuales pueden atribuirse en no pequeña parte a la actitud mantenida por la Iglesia. Las razones de esta actitud están profundamente enraizadas en la tradición judeo-cristiana. 

a) Escritura 

  En ninguna cultura ha sido vista con tanto horror la homosexualidad como en el Occidente judeo-cristiano. Ni el Islam ni el hinduismo la consideran tabú. Los pueblos primitivos, como los esquimales, malasios o los indios norteamericanos, la aceptan sin dificultad, y la antigua Grecia la institucionalizó. En algunas culturas primitivas se llega incluso a considerar a los homosexuales como una especie de chamanes o como hombres de condición sagrada, pero nunca como criminales4.  

  La única explicación de la profunda fobia y animosidad del Occidente judeo-cristiano es el hecho de que el comportamiento homosexual es considerado en la Biblia como un crimen merecedor de la muerte (Levíticos 18,22; 20,13), un pecado contra natura (Romanos 1,26), que excluye al culpable del Reino de Dios (1 Corintios 6,10). Más terrible aún fue el castigo que Dios impuso a Sodoma por el supuesto pecado que luego recibiría su nombre del de aquella infame ciudad (Génesis 19,1-29). Si actos de tal naturaleza pudieron provocar la venganza del cielo, un pueblo o sus gobernantes no podrían tolerar conducta semejante sino a riesgo de ser víctimas de la ira divina. 

  No cabe duda de que el Antiguo Testamento condena las prácticas homosexuales con la máxima severidad. Pero no es posible valorar esta condena y la severidad de aquellos castigos si hacemos abstracción del trasfondo histórico que les dio origen. Limitarse a citar unos versículos de la Biblia fuera de su contexto histórico y aplicarlos alegremente hoy a los homosexuales no es hacer justicia ni a la Biblia ni a unas personas que ya han tenido que sufrir demasiado a causa de este travestismo de la interpretación bíblica. «No yacerás con un varón como con una mujer, porque es una abominación (to)ebah)>> (Levíticos 18,22). «Si un varón yace con otro varón como con una mujer, ambos han cometido una abominación (to) ehah)' serán condenados a muerte y su sangre caerá sobre ellos» (Levíticos 20,13). 

  No podría ser más explícita la prohibición de la actividad homosexual entre varones, que se juzga crimen merecedor de la muerte. El trasfondo de estos textos y las razones de esa condena a muerte son igualmente explícitos: «No harás como hicieron ellos en la tierra de Egipto, donde viviste, ni harás como hacen ellos en la tierra de Canaán, en la que yo te introduciré. No seguirás sus caminos» (Levíticos 18,3). «No os manchéis con ninguna de estas cosas, pues con todas ellas se mancharon las naciones que voy a arrojar de delante de vosotros» (Levíticos 18,24). «Guardad, pues, mi mandato de que nunca practiquéis ninguna de esas abominables costumbres que fueron practicadas antes de vosotros, y nunca os manchéis con ellas. Yo, el Señor vuestro Dios» (Levíticos 18,30). 

  El tema fundamental del Código levítico de santidad es «No os manchéis», no os hagáis impuros. Su enfoque no es ético, sino ritual. Incluso el adulterio se prohíbe por motivos de pureza ritual (Levíticos 18,20). «El Levítico se ocupa casi exclusivamente de cuestiones rituales y de culto»5.

Orientaciones pastorales

 

  Especial importancia reviste para nuestro estudio el término «abominación»  (to' ebah). Derivado de la esfera del culto, este término procede de la raíz «aborrecer» y designa casi siempre alguna práctica o cosa repugnante por motivos religiosos. Para los israelitas, la idea se centra ante todo en la cuestión de la idolatría. Un ídolo es una abominación (Dt 7,25ss; 27,15; 2 Re 23,13; Jr 16,18; Ezequiel 14,6), y todo lo que tiene algo que ver con las prácticas idolátricas es una abominación (Lv 18,27.29-30; Deuteronomio 12,31; 13,14; 17,4; 18,9; 2 Reyes 16,3; 21,2; 11; 2 Crónicas 33,2; Ezequiel 5,9.11; Mal 2,11; etc.). Entre las abominaciones se incluía no sólo la práctica explícita de la idolatría, sino cualquier otra cosa que siquiera remotamente le perteneciera, como el comer carnes de animales o alimentos impuros (Levíticos 11; 14,3-21). 

  Para el Israel del Antiguo Testamento, el culto de Yahvé era incondicionalmente exclusivo. Todo lo que perteneciera al culto idolátrico de los vecinos de Israel era una «abominación» que «manchaba» al israelita y lo hacía impuro para el culto de Yahvé. Pero ha de tenerse en cuenta que los códigos legales del Antiguo Testamento «se originaron en un ambiente en que no estaban claramente definidas las esferas de lo cultual y lo no cultual, sino en que todos los aspectos de la vida tenían vinculaciones con las celebraciones rituales»6. 

  Muchas prácticas y costumbres rituales estaban prohibidas en Israel simplemente por considerar que pertenecían específicamente a los cultos extranjeros. En un mundo en que el culto penetraba todos los aspectos de la vida, esta prohibición se refería no sólo a la apostasía, sino además a cualquier otra cosa remotamente relacionada con ella7. 

  Entre las prácticas cananeas rechazadas por el Antiguo Testamento se contaba el trato sexual de carácter ritual por el que los funcionarios del templo representaban la actividad sexual de los dioses8. Estos ritos eróticos aparecen en todos los cultos de la fecundidad del antiguo Oriente, desde Chipre a Babilonia, e incluían no sólo el personal femenino al servicio del templo, sino también la participación de varones. 

  «No habrá prostitutas sagradas (kedeshah) entre las israelitas ni prostitutos sagrados (kedesh) entre los israelitas. No entregarás a la casa del Señor, en cumplimiento de un voto, paga de prostituta ni salario de prostituto, porque los dos son abominación (to'ebah) para el Señor, tu Dios» (Deuteronomio 23,18-19). 

  Durante el período de la monarquía se menciona la presencia en Israel de varones que practicaban el trato carnal con sentido ritual (kedeshim) y todas las «abominaciones» de los cananeos (1 Re 14,22-24; 15,12-14; 22,47; 2 Re 23,7). Recientemente se han descubierto los textos de Ras Shamra, la antigua Ugarit, que nos han aportado gran luz sobre las prácticas religiosas de los cananeos, incluido el culto a la diosa cananea de la fecundidad, Asherá o Astarté, que llevaba consigo el trato carnal sagrado (Fragmento 8252). 

  La actividad homosexual entre varones se prohíbe en el Levítico por los mismos motivos que en el Deuteronomio y en los libros de los Reyes. Es una «abominación» a causa de sus vinculaciones con los ritos cananeos de la fecundidad. La condena de la actividad homosexual en el Levítico no supone un juicio ético. «La homosexualidad se condena en este caso por razón de sus asociaciones con la idolatría»9. 

  Incluso cuando ya había sido superado el peligro del trato carnal por motivos rituales, los rabinos del período posexílico mantuvieron la prohibición contra la actividad homosexual por los mismos motivos que les indujeron a mantener las prescripciones relativas a los alimentos que fueron promulgadas en la misma época. El Talmud extendió la prohibición, pero no la pena de muerte, también a las mujeres, que no estaban incluidas en las prescripciones del Levítico. El Talmud trata la actividad homosexual y la bestialidad como crímenes semejantes, sobre la base de que «lo uno y lo otro tienen su origen en el libertinaje de los paganos cananeos»10, 

A pesar de que un cristiano no tiene por qué leer la legislación del Antiguo Testamento con la misma óptica que un judío ortodoxo, la prohibición del Levítico contra los actos de homosexualidad ha ejercido un considerable influjo sobre la Iglesia. Es cierto que matizó la apreciación de san Pablo sobre las prácticas sexuales del helenismo en el siglo lo Sin embargo, lo que más directamente influyó y resultó históricamente más importante para la actitud cristiana con respecto a la conducta homosexual fue el relato del Génesis sobre Sodoma y Gomorra (Génesis 19). 

 En todo el Antiguo y el Nuevo Testamento abundan las alusiones a Sodoma como un símbolo de depravación total. El pecado de Sodoma fue tan grande que mereció la destrucción completa de la ciudad. Los Padres de la Iglesia no dudaron de que la maldad de Sodoma, que mereció el terrible castigo de la ciudad, fue la práctica homosexual de la sodomía. Este relato, sin embargo, tiene un paralelo en el de la maldad de los habitantes de Guibeá (Jueces 19). En este caso se describe un incidente similar en que la víctima de los abusos sexuales es una concubina. El rasgo común a ambos relatos, uno relacionado con los varones que visitan Sodoma y el otro con la concubina de Guibeá, es el rapto. 

  En ambos relatos, el de Sodoma y el de Guibeá, se trata de violaciones sexuales. Pero el hecho de que la víctima del abuso sea intercambiable, sin que por ello disminuya la repulsa de los autores bíblicos, demuestra claramente que no es la homosexualidad o la heterosexualidad lo que se considera en primer lugar, sino la violencia que implica el rapto. Si en la correspondiente condena ve implicada la sexualidad, ello se produce ante todo de manera subordinada a las cuestiones de la hospitalidad y la justicia. Tanto en el caso de Sodoma como en el de Guibéa, «lo importante no es el acto sexual per se, sino la terrible violación de la ley consuetudinaria de la hospitalidad»11 . 

  Cuando el Antiguo Testamento alude a la iniquidad de Sodoma, nunca la identifica con las prácticas homosexuales. De hecho, la tradición no es unánime en cuanto a la naturaleza del pecado cometido por los sodomitas. Para Isaías consistió en su injusticia (Isaías 1,10; 3,9); para Jeremías fue el adulterio, la mentira y la falta de arrepentimiento (Jeremías 23,14); para Ezequiel, «la soberbia, la hartura de pan y el bienestar apacible», junto con el hecho de «no dar una mano al desgraciado y al pobre» (Ezequiel 16,49). La literatura sapiencial del Antiguo Testamento dice que Sodoma se caracterizó por la insensatez, el orgullo y la falta de hospitalidad (Sabiduría 10,8; 19,14; Eclesiástico 16,8). En el Nuevo Testamento aparece Jesús aludiendo a la maldad proverbial de Sodoma y a su castigo, pero sin especificar la naturaleza exacta de su pecado (Mateo 10,1415; 11,23-24; Lucas 10,12; 17,29). No se establece conexión alguna con la sexualidad, y mucho menos con las prácticas homosexuales. 

  Hasta los libros tardíos del Nuevo Testamento, como Judas y 2º Pedro, no aparece en la Biblia ninguna conexión explícita entre Sodoma y la sexualidad (Judas 6-7; 2 Pedro 2,4.6-10). En Judas se describe el pecado de Sodoma como «fornicación» y «correr tras carne ajena» (Judas 7), aludiendo simultáneamente al pecado de los ángeles. Se advierte en este caso el influjo de los escritos apocalípticos del período intertestamental. El Libro de los Jubileos (siglo 1 a. C.) insiste en la depravación de Sodoma y le atribuye un carácter sexual (Jub 16,5-6; 20,5-6), relacionando al mismo tiempo el pecado de los sodomitas con los nephilim o gigantes conocidos de la unión antinatural de los ángeles y los hombres, los «hijos de Dios» y las «hijas de los hombres» (Génesis 6,1-4)12. 

  Filón de Alejandría (ca. 13 a. C.-ca. 50 d. C.) parece ser el primer autor que conecta explícitamente el pecado de Sodoma con la homosexualidad13. Antes de Filón, sin embargo, el apócrifo titulado Testamentos de los Doce Patriarcas, compuesto a finales de la segunda mitad del siglo 1 a. C., parece ya implicar decididamente la interpretación homosexual del relato de Sodoma (Test. Nef., 3,4-5; Test. Benj., 9,1). La misma conexión se establece en el Segundo Libro de Henoc (2 Henoc, 10,4) y en Josefo (Ant., 1, 11,3). Parece segura, por consiguiente, la conclusión de que «a finales del siglo 1 d. C. se afirma la tendencia a identificar el pecado de Sodoma entre los israelitas con las prácticas homosexuales»14. Puede demostrarse que esta identificación tuvo enorme influencia no sólo en el Nuevo Testamento (Judas), sino también en la tradición cristiana y en la legislación posterior. 

  Es interesante comprobar que esta interpretación homosexual del pecado de Sodoma apenas tuvo un efecto apreciable en el Talmud. Los escritos apócrifos, algunos de ellos de un fuerte tono apocalíptico, se apartan de la veta principal de la tradición rabínica y nunca fueron reconocidos por el judaísmo ortodoxo. Parece que la reinterpretación del relato que hallamos en Filón, Josefo y la primitiva Iglesia se basa en la relación establecida entre la «maldad de Sodoma» y la «iniquidad de los gentiles» (Test. Nef.) 4,1). En la tradición del Antiguo Testamento ya no se consideró a Sodoma simplemente como una ciudad situada a orillas del Mar Muerto, devastada por una catástrofe natural en un nebuloso pasado. Sodoma se convirtió en un símbolo de todas las maldades contrarias a la sensibilidad moral de los judíos, especialmente la soberbia, la falta de hospitalidad y el olvido de Dios. Al cambiar el tiempo y las circunstancias se cambió también la interpretación. Sodoma se convirtió en un símbolo de la depravación que los judíos y más tarde los cristianos la consideraban más abominable en la sociedad helenística. Podemos sacar, en consecuencia, la siguiente conclusión:

«No hay el menor motivo para creer, como materia histórica o como verdad revelada, que la ciudad de Sodoma y sus vecinas fueran destruidas a causa de sus prácticas homosexuales. Parece indudable que esta teoría sobre su destino tuvo su origen en la reinterpretación judía, concretamente, palestinense de Génesis 19, y en sus expositores, movidos por el desprecio que sentían hacia los más bajos aspectos de la inmoralidad sexual de los griegos»15. 

  La depravación del mundo helenístico que dio origen a la reintegración del relato de Sodoma en el siglo 1 d. C. es asimismo el trasfondo que explica las referencias aisladas del Nuevo Testamento a las prácticas homosexuales. No conocemos ni una sola palabra de Jesús acerca de este tema. Las epístolas hacen tres referencias claras. En dos de estos pasajes se alude simplemente a la homosexualidad como uno más de los vicios que manchaban la licenciosa sociedad pagana de Roma en el siglo I. 

« ¿No sabéis que la gente injusta no heredará el reino de Dios? No os llaméis a engaño: los pornoi (hombres que frecuentan el trato con prostitutas), idólatras, adúlteros, malakoi (homosexuales pasivos), arsenokootai (homosexuales activos), ladrones, codiciosos, borrachos, difamadores o estafadores no heredarán el reino de Dios» (1º Corintios 6,9-10). 

«La Ley no ha sido instituida para la gente honrada; está para los criminales e insubordinados, para los impíos y pecadores, sacrílegos y profanadores, para los parricidas, matricidas y asesinos, para los pornoi arsenokoitai y traficantes de esclavos, para los estafadores, perjuros y para todo lo demás que se oponga a la sana enseñanza» (1 Timoteo 1,9-10). 

  Incluso al más intolerante de los antihomosexuales no dejará de extrañar esta aparente ecuación que se hace en ambas enumeraciones entre los parricidas, matricidas, traficantes de esclavos y ladrones por una parte y los homosexuales por otra. Pero ha de tenerse en cuenta que el Nuevo Testamento se originó en tiempos de Calígula y Nerón. San Pablo fue contemporáneo de Petronio, cuyo Satiricón, junto con los escritos de Juvenal y Marcial, presenta una descripción bochornosa de la vida pagana en el siglo I. Era práctica habitual la prostitución de hombres y mujeres. Esclavos y esclavas eran vendidos para explotarlos sexualmente16. La pederastia, el rapto de niños y la seducción de menores eran cosa corriente. Los heterosexuales practicaban ocasionalmente la homosexualidad para divertirse. La violencia iba unida a toda clase de perversiones y posibilidades de deshumanización. Ante semejante degeneración, un judío helenístico como san Pablo no podía sino sentir una enorme repugnancia. No parece que los anteriores catálogos de vicios contengan ninguna exageración, pero tampoco han de tomarse como exámenes de conciencia o como reflexiones teológicas cuidadosamente elaboradas. Se trata en ambos casos de simples descripciones heterogéneas del caótico panorama moral de la sociedad helenístico-romana. Es significativo que ninguna de las dos enumeraciones destaque de algún modo la homosexualidad ni parece que esta cuestión suscite problemas o dificultades especiales. 

  No cabe duda de que san Pablo considera los actos homosexuales como perversiones del orden natural, instituido por Dios, de la existencia humana. San Pablo escribe desde Corinto, ciudad famosa por sus prostitutas, a Roma, que no disfrutaba de mejor reputación. A san Pablo se debe la única alusión extensa que hallamos en todo el Nuevo Testamento referente a la homosexualidad: 

«Se está revelando además desde el cielo la reprobación de Dios contra toda impiedad e injusticia humana, la de aquellos que reprimen con injusticia la verdad... Pretendiendo ser sabios, resultaron unos necios que cambiaron la gloria de Dios inmortal por imágenes de hombres mortales, de pájaros, cuadrúpedos y reptiles. Por eso, abandonándolos a sus deseos, los entregó Dios a la inmoralidad, con la que degradan ellos mismos sus propios cuerpos, por haber sustituido ellos al Dios verdadero por uno falso, venerando y dando culto a la criatura en vez de al Creador (¡Bendito él por siempre! Amén). Por esa razón los entregó Dios a pasiones degradantes: sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras innaturales, y los hombres lo mismo: dejando las relaciones naturales con la mujer, se consumieron de deseos unos por otros; cometen infamias con otros hombres, recibiendo en su persona el pago inevitable de su extravío. Como además juzgaron inadmisible seguir reconociendo a Dios, los entregó Dios a la inadmisible mentalidad de romper toda regla de conducta» (Romanos 1,18.22-28).

  El punto más importante que hemos de notar en este pasaje es que la alusión a la homosexualidad viene a ser casi incidental. No es la principal consideración. Se diría más bien que se utiliza el dato de la homosexualidad como ilustrativo del caos que se produce a consecuencia de la idolatría, verdadero objeto de los ataques de san Pablo. Por tres veces utiliza san Pablo la expresión «los entregó Dios», para demostrar la íntima conexión entre el pecado y su castigo. Los gentiles pecaron por haber «cambiado» (1,23) al verdadero Dios por los ídolos. El castigo por esta confusión idolátrica es la correspondiente confusión sexual, en que se «cambian» las relaciones naturales por otras antinaturales (1,26)17. 

  Como judío helenístico condicionado por la legislación levítica del Antiguo Testamento y abrumado por la depravación de su época, san Pablo rechaza lógicamente la perversión homosexual de hombres y mujeres (su alusión a las mujeres en Romanos 1,26 es la única mención del lesbianismo en toda la Biblia). Pero en este punto hemos de planteamos una cuestión: ¿se puede aplicar simplemente la referencia de san Pablo a la homosexualidad, sin ulteriores cualificaciones, a toda actividad homosexual, especialmente a la luz de cuanto hoy sabemos acerca de la inversión? 

  Se ha sugerido que, al abordar el problema de la homosexualidad en términos de «abandonar», «entregar» o «cambiar», san Pablo no habla aquí del invertido, el verdadero homosexual, para quien el uso «natural» del sexo resulta no sólo repugnante, sino a veces imposible. Se ha interpretado esta invectiva de san Pablo en el sentido de que alude únicamente a quienes deliberadamente eligen las relaciones homosexuales en vez de las heterosexuales18. Es evidente que san Pablo nada sabía de la inversión como rasgo heredado o como condición fijada en la infancia. La Biblia considera deliberado todo comportamiento homosexual, y por ello lo entiende como una perversión. «Las palabras de san Pablo han de tomarse en el sentido que él mismo quería darles»19. 

  Si es cierto que en san Pablo no podemos ver la distinción entre perversión deliberada y orientación homosexual indeliberada, lo mismo se puede afirmar válidamente del resto de la Biblia. «La inversión como fenómeno constitucional queda totalmente fuera de la perspectiva y las consideraciones de la Biblia»20. Hasta que se hicieron de dominio público en época reciente los resultados de la ciencia y de las investigaciones médicas, puede decirse que la inversión queda al margen de la tradición cristiana y de la reflexión teológica. 

b) Tradición

  No es necesario pasar ahora revista en detalle a la tradición cristiana posbíblica en lo referente a la homosexualidad. Sus rasgos esenciales siguen las líneas básicas ya trazadas. Los Padres de la Iglesia denuncian unánimemente el comportamiento homosexual, sin duda con buenas razones en el caso de los recién convertidos al cristianismo que venían de un ambiente pagano disoluto. Puede servir de modelo la siguiente cita de las Confesiones de san Agustín: 

«Estos vergonzosos actos contra natura, como los que se cometían en Sodoma, han de ser siempre y en todas partes detestados y castigados. Si todas las naciones hicieran tales cosas, habrían de ser por igual declaradas culpables del mismo crimen por la ley de Dios, que no hizo a los hombres de tal modo que se sirvan unos de otros de esa manera»21. 

  San Juan Crisóstomo pone especial acento en sus denuncias de las prácticas homosexuales como antinaturales, dejando bien en claro que los Padres consideraban tal comportamiento como una perversión deliberada. Afirmó que nadie «puede decir que por estarle vedado el trato legítimo llegó a esto o que por no tener medios de satisfacer su deseo se vio arrastrado a la locura tan monstruosa»22. 

  No deja de llamar la atención el hecho de que el pensamiento patrístico sobre la homosexualidad experimentara la influencia predominante no de san Pablo, sino del relato de Sodoma entendido históricamente e interpretado en sentido sexual. Un estudio de la tradición cristiana revela que «el efecto del relato de Sodoma reinterpretado sobre el pensamiento de la Iglesia fue de hecho más profundo que las leyes del Levítico o la doctrina del Nuevo Testamento»23. 

  El relato de Sodoma influyó no sólo en los Padres de la Iglesia, sino también en la legislación civil. A las leyes precristianas que protegían a los menores frente a la violación homosexual añadieron el Código de Teodosio y el Código de Justiniano la prohibición de toda práctica sodomítica bajo la pena de muerte en la hoguera. Tras estas prohibiciones y las severas penas que comportaban subyace el motivo de la protección del Estado. Era preciso erradicar las prácticas homosexuales a fin de proteger al Estado de la ira del juicio divino y de toda posibilidad de catástrofe como la que se abatió sobre Sodoma. El Código de Justiniano, redactado en el siglo VI causó un notable impacto en la legislación eclesiástica y civil de la Edad Media. Indirectamente ha venido influyendo en el derecho civil de Occidente hasta nuestros días24. 

  No faltan testimonios de la doctrina y la legislación oficiales de la Iglesia acerca de la homosexualidad; se remontan al siglo IV, con el Concilio de Elvira. Resulta, sin embargo, sorprendente el hecho de que las condenas son relativamente escasas y esporádicas. Se ha acusado a la Iglesia de mantener una persecución constante contra los homosexuales. Un cuidadoso estudio de los documentos históricos indica todo lo contrario. Hay concilios y sínodos que denuncian la sodomía de cuando en cuando, pero invariablemente en conjunción con otros pecados de la carne. Es raro que los homosexuales sean objeto de una hostilidad especial. «En vano buscaríamos indicios de esa atención obsesiva hacia este pecado que muchos han imaginado poder detectar en los documentos de la legislación eclesiástica»25. Los manuales de teología moral en concreto demuestran la escasa importancia que se ha dado a los homosexuales en la enseñanza oficial de la Iglesia. Si bien todos ellos describen la sodomía como un pecado grave, sus argumentos se limitan casi exclusivamente al recurso escriturístico y a un razonamiento teológico basado en la ley natural. Las declaraciones del magisterio son notoriamente escasas. Sin embargo, y a pesar de que no podamos acusar a la Iglesia de haber mantenido una persecución constante contra los homosexuales, hemos de admitir que contribuyó ideológicamente a la persecución de los homosexuales por el Estado. La Iglesia participa de la responsabilidad que supone la larga historia de las persecuciones contra el comportamiento homosexual en la sociedad civil occidental. 

  Santo Tomás de Aquino adopta una postura típica de la tradición católica con respecto al comportamiento homosexual. Si bien cita la enseñanza bíblica, acentúa sobre todo el razonamiento teológico en lo referente a la ley natural. Santo Tomás trata el tema de los actos homosexuales en relación con los pecados contra la templanza, especialmente la lujuria26. Describe la sodomía junto con la masturbación y la bestialidad como «vicios contra la naturaleza»27. Formula su juicio sobre la base del presupuesto estoico de que toda búsqueda del placer sexual al margen del fin a que están orientados todos los actos sexuales, concretamente, la procreación, va contra la naturaleza y contra la razón28. 

  Santo Tomás, y a partir de él toda la teología escolástica, han considerado la masturbación, la sodomía y la bestialidad (y por este orden de gravedad) como pecados contra naturam y, como tales, desde el punto de vista de la castidad, más graves en sí mismos que la fornicación, el incesto o el adulterio. Estos otros vicios pecan también contra otras virtudes, como la justicia y la caridad, pero desde el solo punto de vista de la castidad, nada es tan pecaminoso como los «vicios contra natura». No es preciso decir que esta valoración moral ostenta la influencia de una teoría de la ley natural que hoy resulta insostenible por la estrechez de su ecuación de la naturaleza con la biología. El concepto estoico de naturaleza y de ley natural, su desprecio del placer venéreo y su ideal de la apatheia se impusieron a la conciencia medieval y la embebieron. Santo Tomás era sencillamente un hombre de su época al considerar la sexualidad en términos biológicos y como una realidad encaminada a la procreación. 

  Dentro de la tradición cristiana se observa una anomalía que merece nuestra atención, y es su doble norma con respecto a los actos homosexuales realizados por mujeres. Si bien un pensador tan consecuente como santo Tomás de Aquino los considera igualmente graves, los penitenciales medievales, la legislación eclesiástica y la tradición cristiana en general penalizan con excepcional severidad los actos homosexuales de los varones, mientras que se desentienden prácticamente de los realizados por mujeres. No es posible explicar esta falta de equidad por razones filosóficas o teológicas. Parece ser que la explicación está en el androcentrismo sexista de Occidente y en una veneración del semen que alcanza extremos supersticiosos. Los Padres de la Iglesia, y después de ellos los hombres de la Edad Media, ignorantes de la fisiología humana y dependientes de los filósofos médicos de la Antigüedad, consideraban el semen viril como met'oligon anthropon, «casi como un ser humano»29. 

  «Esta concepción del semen como una sustancia 'casi humana' domina las ideas sobre el sexo no sólo en la Antigüedad, sino en todo el mundo occidental hasta el siglo XVI, y ha dejado huellas incluso en nuestras propias ideas sobre el comportamiento sexual y la moral. Ha sido esta idea indudablemente responsable en no pequeña medida de que la sociedad haya tendido siempre a reprobar y castigar las prácticas homosexuales de los varones mientras ignoraba más o menos las de las mujeres, ya que éstas, por no implicar un 'desperdicio' del precioso fluido, podían ser despreciadas como meras liviandades femeninas»30. 

  En su manera de tratar las acciones homosexuales, la teología moral católica no introdujo cambios sustanciales en la postura adoptada ya desde santo Tomás. Los manuales de teología moral trataban la sodomía, junto con la masturbación y la bestialidad, como pecado contra natura y siempre grave. Como ya hemos indicado, la enseñanza del magisterio a que apelan es notablemente escasa31. El razonamiento teológico es todavía el de santo Tomás y los estoicos, mientras que las pruebas escriturísticas siguen incluyendo la interpretación literal e histórica del relato de Sodoma32 . Dicho brevemente, la tradición posbíblica se limita simplemente a mantener la condena tajante de la Biblia, sin reconocer sus orígenes históricos. De este modo, una prescripción levítica se convirtió en norma ética, y su sanción entró a formar parte del código criminal de Occidente. 

Desde san Pablo, pasando por santo Tomás de Aquino, hasta llegar a nuestros días y la Declaración sobre la ética sexual de 1975, la tradición católica ha mantenido ininterrumpidamente su juicio de que todos los actos homosexuales van contra la naturaleza y son gravemente pecaminosos. Subyacen a esta tradición no sólo una fisiología precientífica y una interpretación ahistórica de la Escritura, sino también la convicción estoica de que sólo la procreación justifica el disfrute y el uso del placer sexual. Este principio estoico ya no se admite sin críticas incluso en los círculos católicos. La investigación científica y los recientes descubrimientos habidos en los campos de la medicina y la psicología han hecho patente la necesidad de modificar los prejuicios tradicionales en diversos campos. 

  La investigación científica ha revelado que la homosexualidad es un fenómeno muy complejo que desafía toda clasificación conforme a unas ideas rígidas y predeterminadas. La verdadera inversión sexual es irreversible en la práctica. ¿Cómo han de juzgarse, por consiguiente, los actos de un homosexual irreversible? ¿Han de ser considerados iguales a los actos de un perverso que deliberadamente elige unas relaciones homosexuales en lugar de las heterosexuales? ¿Han de ser juzgados los actos que los verdaderos homosexuales consideran absolutamente naturales conforme a su condición como antinaturales simplemente porque la mayoría heterosexual dominante los considera tales? 

  Quienes tratan a los homosexuales se ven frecuentemente ante la delicada y difícil tarea de proporcionar a los verdaderos homosexuales una orientación moral y espiritual, valorando su comportamiento moral y haciendo justicia al mismo tiempo a sus problemas personales y en ocasiones a sus enormes sufrimientos. Un pastor o un consejero no dejarán de experimentar un sentimiento de frustración ante la idea de que nuestra tradición cristiana apenas puede prestar en estos casos una ayuda directa. La tradición cristiana sólo tiene un calificativo para el comportamiento homosexual: el de perversión. Ante el turbador problema de la homosexualidad, este juicio tiene una importancia sólo indirecta. 

  Con ello no queremos decir que los actos homosexuales no sean pecaminosos. Puede que lo sean, en mayor o menor grado, incluso en el caso de la inversión irreversible. Pero la moralidad de los actos homosexuales, al igual que la de todos los actos humanos, han de determinarse mediante la aplicación de los principios de la ética cristiana y de la teología moral. Habremos de acudir a la razón ilustrada por los datos de las ciencias contemporáneas y guiadas por los ideales y las motivaciones de la fe cristiana. No podemos limitarnos a tomar las respuestas elaboradas por la tradición o por la revelación, como si este problema hubiera quedado resuelto de una vez para siempre por un decreto divino fulminado a orillas del Mar Muerto. 

e) Posturas actuales en la valoración moral de la homosexualidad 

  La valoración moral de la homosexualidad ha sido objeto de innumerables debates y discusiones en la actual literatura teológica. En este panorama podemos dividir las diversas posturas en cuatro apartados distintos: 

1) Los actos homosexuales son «intrínsecamente malos». 

  Esta postura queda bien representada en la reciente publicación de la Conferencia Nacional de los Obispos Católicos titulada Principios orientadores de los confesores en cuestiones relativas a la homosexualidad. El siguiente párrafo indica el marco teológico en que se sitúa esta postura:

  «La moralidad objetiva de los actos sexuales se basa en la doctrina de la Iglesia acerca del matrimonio cristiano: la expresión sexual genital entre un hombre y una mujer debe producirse dentro del matrimonio. Independientemente de las intenciones del hombre y de la mujer, la relación carnal tiene un doble significado. Es un acto de unión con la persona amada y es conducente a la procreación. Ninguno de los dos significados puede excluirse, si bien por una diversidad de razones es posible que no se realice el significado procreativo. Los actos homosexuales excluyen por su misma naturaleza cualquier posibilidad de procrear la vida. Son, por consiguiente, formas desordenadas de usar la facultad sexual. Se da por supuesto además que el único uso ordenado de la facultad sexual es el que se orienta hacia persona del sexo opuesto. Los actos sexuales entre miembros del mismo sexo son contrarios no sólo a uno de los fines de la facultad sexual, concretamente el de la procreación, sino también al otro fin principal, que es la expresión del amor mutuo entre marido y mujer. Por estas razones, los actos homosexuales constituyen una grave transgresión de los fines de la sexualidad humana y de la personalidad humana, y son en consecuencia contrarios a la voluntad de Dios»33. 

  Una postura semejante refleja la Declaración sobre la ética sexual de 1975: 

  «En el terreno pastoral es preciso ciertamente tratar a estos homosexuales con comprensión y animarles con la esperanza de superar sus dificultades personales y su incapacidad para integrarse en la sociedad. Su culpabilidad habrá de ser juzgada con prudencia. Pero no es posible aplicar ningún método pastoral que pudiera justificar moralmente tales actos sobre la base de que serían concordes con la condición de estas personas. Porque según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos carentes de una finalidad esencial e indispensable. Son condenados en la Sagrada Escritura como una grave depravación e incluso se presentan como la triste consecuencia de rechazar a Dios. Este juicio de la Escritura no nos permite sacar la conclusión de que todos cuantos sufren esta anomalía son personalmente responsables de ella, pero da testimonio de que los actos homosexuales son de hecho intrínsecamente desordenados y nunca pueden ser aprobados»34. 

  Desde esta perspectiva no se considera la condición homosexual en sí como inmoral o maliciosa, pero se estima que los actos homosexuales son intrínsecamente malos y siempre prohibidos. Cuando hay esperanzas de cambiar la orientación homosexual, se supone que éste es el curso a seguir. Cuando tal cambio no es posible, se aconseja al homosexual que mediante la oración, los sacramentos, la dirección espiritual, la autodisciplina y la formalización de una relación establece con una persona sublime sus impulsos sexuales en el servicio a Dios y al prójimo. Si se repiten los actos homosexuales, se le debe aconsejar que rompa cualquier relación y evite las situaciones que podrían conducir a tales expresiones. 

  Esta postura considera la sexualidad humana como una actividad restringida al estado matrimonial y estima que la plena expresión genital es aceptada únicamente en el contexto de la posibilidad cierta de la procreación. Metodológicamente valora la moralidad de la experiencia genital homosexual sobre la base de un análisis biológico del acto, que considera intrínsecamente malo. Esta postura se apoya mediante el recurso a la Escritura, pero sin una consideración del contexto más amplio y del significado de los pasajes. Alude a los datos históricos, que supone confirmatorios, sin explorar las fuentes o los argumentos en que se basa esta condena histórica. Se da por supuesto que la actividad homosexual es siempre destructora de la persona humana, sin tener en cuenta los datos empíricos que hacen muy cuestionable este supuesto. Finalmente se sugiere una solución pastoral (la sublimación y la abstinencia) que de hecho ha resultado positiva y práctica sólo en un pequeño número de casos35 . Esta postura requiere ulteriores y más firmes pruebas para que resulte convincente. 

2) Los actos homosexuales son «esencialmente imperfectos».

Una segunda postura considera el comportamiento homosexual «esencialmente incompleto» (Informe presbiteriano)36, «no normativo» (McCormick)37, «no constitutivo de una expresión humana plena» (Kennedy)38, o «tal que nunca puede constituir un ideal» (Curran)39 . 

  Los argumentos aducidos en apoyo de esta postura son resumidos por Curran del modo siguiente: 

  «Los datos bíblicos, por consiguiente, indican que los autores bíblicos, en sus circunstancias culturales e históricas, juzgaban inmorales los actos homosexuales y atribuían a tales actos una gravedad genérica, pero no parece que haya motivos para considerar con una especial repugnancia tales actos ni para atribuirles una gravedad especial.

  La tradición cristiana ha aceptado constantemente la idea de que la homosexualidad va contra la manera cristiana de entender la sexualidad humana y su significado. Estoy de acuerdo en que las circunstancias históricas han podido influir en la condena de una forma determinada de comportamiento. También es posible que la tradición cristiana se haya equivocado en un punto concreto. Sin embargo, no parece que haya razones suficientes para emitir este juicio en el caso de la homosexualidad. A pesar de todas las insuficiencias metodológicas y la unilateralidad de la postura basada en la noción de ley natural, propuesta por santo Tomás de Aquino, parece que concuerda con una cierta connaturalidad humana la condena de la homosexualidad como inmoral. Por otra parte, los datos aportados por las ciencias humanas parecen indicar en su mayor parte que la sexualidad humana obtiene su significado más propio cuando se expresa en la unión amorosa del varón y la mujer». 

  Pastoralmente, esta postura, aunque reconoce que los actos homosexuales son inmorales, no condena necesariamente cualquier forma de la expresión o la unión homosexual como absolutamente inmoral. Reconoce que en la realidad de la vida humana no todos son capaces de realizar el ideal, y que por ello será necesario aceptar en ocasiones, siquiera sea de mala gana, las expresiones y las uniones homosexuales como un mal menor o como la única forma en que ciertas personas pueden encontrar un cierto grado satisfactorio de humanidad en su vida. 

  Situándose en esta línea, H. Kimball Jones se expresa del modo siguiente: 

  «Sugerimos, por tanto, que la Iglesia se disponga a dar el paso difícil, pero necesario, de reconocer la validez de las relaciones homosexuales maduras, animando al invertido absoluto a mantenerse fiel a su compañero, en el caso en que la única alternativa fuera una vida de libertinaje llena de temores y culpabilidad. Ello no significaría en modo alguno que la Iglesia respaldara la homosexualidad»40. 

  Esta postura resulta mucho más objetiva en su utilización de los datos aportados por la Escritura, la historia y las ciencias del comportamiento. La postura aquí adoptada se desarrolla sobre la base de lo que podríamos llamar la preponderancia de los datos objetivos, sin pretender ocultar o negar la provisionalidad de sus conclusiones. Se reconoce que la sexualidad humana tiene un significado y una finalidad que desbordan los límites del matrimonio y la procreación, si bien se sugiere que la relación ideal es la heterosexual. La actitud integradora en cuanto a la valoración moral basada en el bienestar total de la persona hace que esta postura resulte mucho más flexible y abierta a las soluciones pastorales, aunque éstas no siempre estén plenamente de acuerdo con el ideal. Se tiene más en cuenta el carácter evolutivo del ser humano y la realidad del pecado y su peso en nuestras vidas. 

  Sin embargo, esta postura adolece de cierta debilidad genérica, consistente en no probar su presupuesto básico de que el comportamiento heterosexual es siempre el ideal; tiende a atribuir un peso excesivo a la fuerza del pecado; finalmente, deja sin respuesta adecuada la pregunta de por qué ha de considerarse inmoral un comportamiento que contribuye al máximo bienestar posible de la persona. Si el ideal resulta absolutamente irrealizable e incompatible con la estructura de una personalidad, ¿puede ser considerado, no obstante, como el verdadero ideal? Dicho de otro modo: ¿puede considerarse inmoral el fracaso en lograr lo que el individuo es constitucionalmente incapaz de conseguir? Si bien esta postura permite un mayor respeto hacia el individuo y sus derechos, su visión negativa de la homosexualidad como una situación no ideal podría constituir una violación sustancial de los derechos y la dignidad humanos, en el caso de que la tesis que se presupone no fuera correcta (en concreto, que el ideal es la heterosexualidad). Si bien parece razonable atenerse a esta postura, basada en la preponderancia de unos datos, hay que poner mucho cuidado para advertir sus limitaciones y evitar imponerla como si se tratara de una verdad absoluta. 

3) Los actos homosexuales deben valorarse a la luz de su significado relacional.

  Una tercera postura con respecto a la homosexualidad insiste en que una sexualidad significativa e integrada no siempre ha de valorarse en términos de su relación con la procreación. La naturaleza y la calidad de la relación ofrecen un criterio más adecuado. Esta postura afirma que las expresiones homosexuales son en sí mismas neutras y se hacen morales en la medida en que «expresan un amor generoso» (Informe de la Diócesis Episcopal de Michigan)41, y son «capaces de fundamentar la amistad y fomentar la reciprocidad» (Baum)42, «generadoras de una amistad que capacita a los partícipes para desarrollarse y llegar a ser más plenamente humanos» (Equipo Gay del Ejército de Salvación)43. Cuando se cumplen estas condiciones, las expresiones homosexuales no han de ser juzgadas moralmente incorrectas o prohibidas. Las orientaciones han de centrarse obviamente en una valoración de las expresiones y uniones homosexuales en términos de su capacidad para fomentar el pleno desarrollo humano, la amistad y la entrega generosa al otro. 

  Los siguientes pasajes, pertenecientes a un informe sobre la homosexualidad publicado por la Diócesis Episcopal de Michigan, nos ofrecen los argumentos en que se apoya esta postura: 

  «Una gran virtud de la enseñanza tradicional sobre el sexo consiste en que se interpreta éste como creación de Dios, y como una cosa buena en consecuencia. No es propio del cristianismo identificar la vida corpórea como mala en ningún sentido, si bien es cierto que algunos grupos cristianos se han comportado frecuentemente como si lo fuese. No sólo provee la diferenciación sexual a la continuación de la raza humana, sino que constituye la base de la misma comunidad humana. 

... De ahí  que en el pensamiento cristiano sobre el sexo se cargue el acento en el compromiso personal de por vida, en la responsabilidad mutuamente aceptada por la pareja de uno con respecto al otro, en el amor y la fidelidad mutuos... La atención al otro es un reflejo esencial de la atención de Dios a la humanidad. 

  Una idea cristiana de la sexualidad exige, por consiguiente, un uso responsable, sacrificial de la sexualidad como elemento necesariamente integral de la madurez de espíritu. 

  Pero hemos advertido también que es imposible captar estos valores en las enseñanzas tradicionales del cristianismo sobre la sexualidad y condenar automáticamente a todos los individuos y las relaciones homosexuales. No puede afirmarse de ninguna manera que los heterosexuales tengan el monopolio del amor sacrificial; la Comisión no ve que esté claro en modo alguno que una relación homosexual sea en sí misma y por sí misma incapaz de expresar el amor sacrificial. Ciertamente, las circunstancias sociales hacen que resulte más difícil para los homosexuales que para los heterosexuales aspira! al amor sacrificial en sus relaciones mutuas, pero no vemos ninguna razón inherente para que ello no pueda ser así, mientras que conocemos a algunos homosexuales que cumplen seriamente esa exigencia. Por consiguiente, afirmamos que es erróneo y peca de presunción el negar un valor cristiano a cualquier relación humana que implique la adhesión a otra persona en un espíritu de amor sacrificial y generoso. Los homosexuales que buscan seriamente la posibilidad de construir estas relaciones mutuas merecen con seguridad en el mismo grado que los heterosexuales el aliento y la ayuda de la Iglesia y sus ministros. 

  Para comenzar, la Comisión ha descubierto que es imposible estudiar en profundidad el hecho homosexual sin advertir un elemento de misterio en un fenómeno que se resiste a ser plenamente despejado. Ningún científico ha logrado de manera convincente aislar las 'causas' de la personalidad homosexual. Tampoco la literatura teológica examinada por la Comisión se muestra unánime en cuanto a la valoración de la homosexualidad. La postura tradicionalmente negativa de la Iglesia ante este tema, a que ya hemos aludido, resultó menos justificada y menos convincente de 10 que suponía la Comisión por anticipado. Estamos convencidos de que nos hallamos no ante una aberración, sino más bien ante un misterio: la naturaleza del amor mismo» 44, 

  En la línea de esta argumentación, Gregory Baum saca las conclusiones pastorales adecuadas: 

  "«Es cierto que algunas personas son constitutivamente homosexuales, y que las relaciones homosexuales permiten una conyugalidad. Desde el punto de vista cristiano, por consiguiente, corresponde a los homosexuales reconocerse tales en presencia de Dios, aceptar sus inclinaciones sexuales como su vocaci6n propia y explorar el significado de esta inclinaci6n para la vida cristiana»45  

Esta postura se funda en una idea totalmente relacional de la sexualidad humana. Se supone que la sexualidad humana constituye simplemente un vehículo para la intercomunicación humana, y es valorada en consecuencia. Pero no acierta a integrar el elemento procreativo o de servicio a la vida de la sexualidad humana. La afirmación de que una visión cristiana de la sexualidad humana exige el uso responsable y sacrificial de la sexualidad y que ésta refleje el amor mutuo, la fidelidad y la atención reciproca expresa ciertamente un mínimo que debe poseer toda sexualidad humana integrada. Pero queda aún una pregunta por contestar: ¿es suficiente esto? Se diría que los elementos del mutuo amor, la fidelidad y la atención al otro requieren una explicación más detallada y especifica si se pretende que esta postura sea aceptada como norma suficiente desde el punto de vista pastoral para aconsejar a los homosexuales. 

4) Los actos homosexuales son esencialmente buenos y naturales. 

Esta cuarta postura considera la orientación homosexual y su expresión como inequívocamente buenas, «no contrarias a la naturaleza humana» y «el brote más delicado de la amistad humana». Las personas que conscientemente descubren su condición homosexual y se consideran básicamente homosexuales han de ser animadas a aceptar esta orientación y a vivir de acuerdo con ella. También se ha de inculcar a los demás que son libres para elegir esta forma de expresión como una variante legítima o como una preferencia en el campo de las experiencias sexuales. Se suele urgir que esta autoexpresión se realice en el contexto de la reciprocidad y con vistas a fundamentar la amistad (de manera muy semejante a lo que se afirma en la postura anterior), pero muchos aceptan también que puede darse con fines puramente recreativos y sin un compromiso personal más profundo. Desde esta postura se sugiere que se debe orientar a los homosexuales en el sentido de que aceptan su orientación sexual sin remordimiento alguno, sin compadecerse a sí mismos, y que dejen curso libre a la expresión sexual autoafirmadora y libre de sentimientos de culpabilidad46 

Un antiguo director de la Sociedad Mattachine de Nueva York refleja esta postura en las siguientes afirmaciones, formuladas en el curso de una entrevista: 

«Según mi experiencia, las relaciones homosexuales masculinas empiezan con sexo, sexo y sexo. Pasadas una o dos semanas, resulta ya un poco cansado. Al cabo del primer año, lo más probable es sentirse hastiado. Pero si se ha conseguido 'que algo marche bien fuera de la cama, ya es posible seguir juntos. Es lo que hicimos mi amante y yo. Somos dos personalidades muy compatibles. Nos queremos el uno al otro una enormidad. Nos gustan las mismas cosas y hacemos incesantemente las mismas cosas.

Casi todas las parejas gay han de tomar una decisión con respecto al sexo pasado algún tiempo. No sólo a causa del hastío, sino porque la sexualidad significa muchas cosas distintas para un homosexual. Es una seguridad de que conservas tu atractivo, cosa muy importante en el mundo gay.

Pero es también un medio de comunicación. Suele ser la primera forma de relacionarse con otra persona. Mis amigos son en su mayor parte personas a las que yo elegí y con las que tuve trato carnal, que nos gustábamos mutuamente y con las que he mantenido luego un trato que nos ha llevado a hacernos amigos.

El sexo significa muchas cosas. Por eso terminamos por admitir el hecho de que él salía por un lado y yo también. El va a trabajar en el Metro y le hacen proposiciones. Yo voy a trabajar en Mattachine y me hacen proposiciones. Llega un momento en que te cansas de estar diciendo siempre que no. El resultado es que "nos engañamos', como decimos nosotros, pero sin sentimientos de culpabilidad... Una de las mejores cosas que tiene el ser homosexual es que puedes disfrutar del sexo tantas veces como quieras sin ninguna limitación»47  

En los párrafos anteriores queda reflejada la postura extrema del Movimiento de Liberación Gay. Apenas muestra respeto alguno a la Escritura48 y es notoriamente parcial en el uso que hace de los datos históricos y científicos. El único fundamento que parece reconocer con vistas a la valoración moral es la experiencia personal. Un juicio formulado sobre estas bases tiene que ser tendencioso y unilateral. Desde un punto de vista ético, semejante postura no puede ser tomada en serio y hasta podríamos preguntarnos si unas afirmaciones tan a la ligera no se deberán más bien a un esfuerzo desesperado por autojustificarse y a una estrategia política más que a una auténtica convicción. En cualquier caso, esta manera de simplificar el problema no cuenta apenas con un respaldo bíblico, histórico, científico o teológico. 

Esta diversidad de posturas ante la valoración moral de la homosexualidad refleja la idea y el conocimiento actualmente limitados con que suele abordarse este fenómeno. El consejero prudente se abstendrá de adoptar actitudes categóricas cuando tenga que tratar el comportamiento homosexual. Por esta razón, las posturas primera y cuarta nos parecen faltas de base suficiente como para constituir un marco seguro en que desarrollar un asesoramiento pastoral eficaz. Las posturas segunda y tercera nos parecen más compatibles con la idea de la sexualidad humana que proponemos en este estudio. Si aplicamos los principios de la integración creadora y los valores característicos de la expresión sexual integrada, diríamos que cualquiera de estas dos posturas ilustra la norma más específica y objetiva que nos permitirá valorar este comportamiento. En cualquier caso, el confesor y el consejero deben abstenerse de emitir juicios «infalibles» o de imponer graves restricciones morales a sus dirigidos cuando se carezca de una certeza clara. 

Parece estar en lo cierto el consejo de Henri J. M. Nouwen, cuando dice que si una persona

« . .. prefiere los círculos homosexuales y unos amigos homosexuales y no muestra deseo alguno de cambiar, no tendría sentido alguno presionarle o intentar cambiarle. Es mucho más importante relacionarse con esta persona sobre la base de la realidad, mostrarle comprensión y evitar cualquier actitud de repulsa, ya que se trata de un ser humano que necesita amor y caridad... Nuestra actitud general ante la homosexualidad debe estar libre de angustia y temor, por no hablar de disgusto y repulsa. Mediante una relación relajada y comprensiva con nuestro prójimo homosexual podremos ayudarle más que con una preocupación abrumadoramente moralista que exige el cambio como condición previa a la amistad» 49 

d) Reflexiones pastorales

El Comité para la investigación y la práctica pastoral de la Conferencia Nacional de Obispos Católicos aprobó para su distribución y publicación en 1973 un documento titulado Principios orientadores para los confesores en cuestiones de homosexualidad. Aunque no fue sometido a votación o aprobación formal por parte de los obispos católicos, este documenta puede indicarnos exactamente cuál es en la actualidad la doctrina católica .oficial y la práctica pastoral can respecta a la homosexualidad. 

En este documento cuasi oficial se dan pasas muy importantes. Se reconoce finalmente que la homosexualidad es una «cuestión compleja» (prólogo). También se reconoce el hecho de que «un hombre a una mujer no eligen ser homosexuales», sino que en un determinada momento de su vida «descubren» el hecha, habitualmente con «un cierta trauma» (p. 5). Se aconseja a los confesores «evitar tanta la dureza coma el laxismo» (p. 8) y que no insistan en que el homosexual se someta a tratamiento psiquiátrica una vez que se haya aclarado que no queda ya esperanza alguna de que se produzca un cambia en la .orientación sexual (p. 11). Se afirma la profunda necesidad de relaciones humanas que sienten los homosexuales al igual que el resto de las personas. Se debe animar a las homosexuales a que establezcan lazas de amistad estables con hombres y con mujeres (p. 9), can homosexuales y con heterosexuales (p. 11). 

Si bien el documento admite la pasible culpabilidad reducida de las actas homosexuales en el plana subjetivo, su postura es tajante en cuanta a la moralidad .objetiva: «Los actas homosexuales constituyen una grave trasgresión de las fines de la sexualidad humana y de la personalidad humana, y son, por consiguiente, contrarios a la voluntad de Dios» (p. 4). Las razones en que se apoya este juicio son las que anteriormente hemos examinada con cierto detenimiento. Se equiparan sexualidad y genitalidad, y se afirma que «la expresión sexual genital entre hombre y mujer debe producirse en el marca del matrimonio» (p. 3). El doble significado del trata sexual es unitiva y procreativo, y ninguna de estos das significados puede excluirse. Dado que las actas homosexuales excluyen toda pasibilidad de procreación, constituyen «usos desordenadas de la facultad sexual» (p. 4), la mismo si san practicados por heterosexuales que por homosexuales. Además del argumenta estoica sobre la base de la ley natural con su tendenciosidad biológica, se cita como concluyente la doctrina bíblica contra las actos homosexuales, pera ami tienda felizmente esta vez toda recurso al relata bíblica de Sodoma. Pera se omiten también las referencias a las orígenes rituales de las condenas formuladas en el Antigua Testamenta y a las circunstancias históricas que influyeron en las observaciones de san Pablo. 

Puesta que se supone que todas las actos homosexuales, por su misma naturaleza, son intrínsecamente malos, independientemente de cualquier .otra consideración, se sugiere a los confesores que ayuden a las homosexuales a elaborar un «plan ascética de vida» (p. 9): «Todo homosexual está obligado a dominar su tendencia por cuantos medios tenga a su alcance, especialmente a través del asesoramiento espiritual y psicológico» (p. 8). La violencia del impulso podrá mitigar la responsabilidad en algunos casos, pero incluso los presos, que «a veces se someten a prácticas homosexuales bajo el peso del terror», no son «del todo inculpables» (p. 10). «Lo peor que podría decir un confesor es que el homosexual no es responsable de sus acciones» (p. 9). «Resulta difícil al homosexual permanecer casto en su ambiente, y puede resbalar hacia el pecado por una diversidad de motivos, incluidas la soledad y las tendencias compulsivas o la incitación de los compañeros homosexuales. Pero, en general, es responsable de sus actos» (p. 9). 

Merecen un cálido elogio los avances que ha realizado este documento sobre las actitudes duras y hasta obtusas que durante mucho tiempo caracterizaron la postura pastoral ante los homosexuales. Es evidente, sin embargo, que hay diferencias fundamentales entre este documento y nuestra postura. En primer lugar, nosotros no consideramos el pecado como algo hacia lo que un individuo puede «resbalar»; por el contrario, entendemos que se trata de una opción fundamental que determina la actitud moral completa de una persona. Por otra parte, entendemos que el sexo es algo más que la genitalidad, y que los fines de la sexualidad -creatividad e integración- tienen una proyección más amplia que la procreación biológica y la unión física. Finalmente, desde nuestro punto de vista, la valoración moral objetiva de la acción ejecutada por una persona ha de tener en cuenta el contexto de la postura moral de esa persona, las circunstancias de la acción y los efectos que de ella se derivan. Estas diferencias inherentes a la teoría moral básica originan nuevas diferencias en la aplicación pastoral práctica. 

Sobre el tema de la homosexualidad nada definitivo puede decirse ni hay unanimidad en las opiniones. Hay diversas teorías sobre el origen de la homosexualidad. La investigación actual parece favorable a la probabilidad de que sean varios los factores que inciden en esta condición. Los autores no están de acuerdo acerca de si debe considerarse la homosexualidad como una enfermedad, una orientación aberrante o simplemente una divergencia con respecto a la norma social prevalente (cap. 111). La investigación actual y la postura adoptada por la Asociación Psiquiátrica Norteamericana admiten la posibilidad de una homosexualidad sana, en la que no se daría conexión intrínseca alguna entre la orientación homosexual y los síntomas clínicos de la enfermedad mental o emocional. 

Se prosiguen actualmente las investigaciones sobre la etiología de la homosexualidad, el impacto de la conducta homosexual en la sociedad y la posibilidad de alterar o modificar la condición homosexual. Lo mismo puede decirse con respecto a la atención pastoral de los homosexuales. Esta investigación está hoya cargo de personas dedicadas al ministerio pastoral tanto entre los católicos como entre los protestantes, especialmente en Holanda50 Todavía quedan por resolver numerosas cuestiones relativas a la adecuada cura pastoral de los homosexuales, a las que no se ve fácil respuesta. Teniendo en cuenta esta labor de investigación en el campo de las ciencias teológicas y sociales, así como las experiencias de quienes ya han emprendido la tarea de atender pastoralmente a los homosexuales, podemos ofrecer con cierto grado de seguridad moral las siguientes orientaciones pastorales: 

1) Antes de intentar ofrecer a un homosexual una orientación espiritual o un asesoramiento moral, las personas dedicadas al ministerio pastoral deben tener clara conciencia de la complejidad no sólo de estas cuestiones, sino de la misma condición homosexual. La homosexualidad o inversión suele definirse como la atracción erótica y sexual que experimenta un individuo hacia los miembros del mismo sexo. Una descripción más exacta incluiría además la ausencia de atracción hacia los miembros del sexo opuesto, en ocasiones hasta el extremo de sentir positivo disgusto ante la sola idea de mantener relaciones sexuales con el sexo contrario. Las investigaciones recientes han puesto de relieve la imposibilidad de catalogar a todos los individuos simplemente como heterosexuales o como homosexuales (cf. cap. III). Los datos empíricos sugieren que sólo en unos pocos individuos es totalmente exclusiva la orientación sexual. En aquellos individuos en los que predomina la orientación heterosexual parece existir una posibilidad latente de interés homosexual, que puede aflorar o no a la conciencia. Se ha sugerido que las presiones culturales enmascaran en Occidente la conciencia de este interés y crean el cuadro engañoso de una polarización rígida entre las orientaciones heterosexual y homosexual. 

Se supone también que aproximadamente un 4 por 100 de los norteamericanos está formado por homosexuales que se comportan como tales a lo largo de toda su vida sexual. El porcentaje de mujeres homosexuales es algo menor, y llega aproximadamente a un 5 por 100 de la población total. Un 5 por 100 podrá parecer una minoría relativamente inapreciable desde el punto de vista estadístico, pero ha de tenerse en cuenta que en cifras absolutas hablamos de unos 10.000.000 de personas en Norteamérica, unas 100 personas en una parroquia formada por unas mil familias. En términos de vidas humanas y de angustia humana no cabe hablar de números reducidos, y la presencia de estas personas exige la atención por parte de todos los dedicados al ministerio pastoral y a la orientación espiritual. 

2) Antes de intentar la orientación o el consejo espiritual a un homosexual, las personas implicadas en la cura pastoral deberán examinar sus propias actitudes. Los prejuicios inconscientes, resultado de una educación tendenciosa, o de las actitudes inculcadas por la sociedad, pueden constituir una grave injusticia contra los homosexuales y hacer imposible un eficaz asesoramiento. No cabe esperar ningún beneficio real a menos que el pastor y el consejero desechen todo rastro de los mitos que hacen imposible un encuentro efectivo: 

  • El mito de que todo homosexual se siente atraído por niños y adolescentes, con los que desearía tener contacto físico. Hay heterosexuales que sienten las mismas inclinaciones; de hecho, parece que, en proporción a las cifras respectivas sobre el total de la población, los heterosexuales son más inclinados que los homosexuales a molestar con sus solicitudes a los menores.
  • El mito de que es fácil identificar a los varones homosexuales como afeminados o como viriloides a las mujeres homosexuales; que los homosexuales se reconocen entre sí y que forman una verdadera sociedad secreta; que los homosexuales tienden invariablemente a ejercer determinadas profesiones.
  • El mito de que todos los homosexuales son libertinos e inestables, incapaces de establecer relaciones permanentes.
  • El mito, quizá el peor de todos, de que los homosexuales sólo necesitan mano dura para corregir su orientación o la experiencia del trato carnal heterosexual o el matrimonio heterosexual. Un pastor nunca deberá alentar a un homosexual a que contraiga un matrimonio heterosexual; de hecho, ha de desaconsejarse positivamente tal acción.
 

3) No está probado en modo alguno que la condición homosexual pueda remediarse mediante el tratamiento psiquiátrico o el asesoramiento psicológico. Las más de las veces resulta de ello una experiencia frustradora que sólo contribuye a intensificar la angustia del homosexual. Los consejeros podrán sugerir la conveniencia de unas pruebas psicológicas para determinar si una persona es verdaderamente homosexual, es decir, exclusiva o predominantemente homosexual, por oposición al homosexual «transicional», es decir, el que pasa en esos momentos por una fase temporal del desarrollo psicológico. En el caso de los verdaderos homosexuales o invertidos, la terapia profesional podrá servir para ayudarles a aceptar positivamente su condición, pero nunca deberá aconsejarse la terapia de forma que suscite falsas esperanzas de un remedio o modificación de la homosexualidad. 

4) Uno de los aspectos más importantes de la homosexualidad es la conciencia de ser distinto de la mayor parte de las personas. Esta conciencia de ser «distinto» o de pertenecer a una minoría hace que los homosexuales sufran por los mismos motivos que todos los grupos minoritarios, con la añadidura de que su «diferencia» es secreta y desemboca habitualmente en una mayor alienación. En una sociedad que hace de ellos objeto de burlas crueles y de desprecio, los homosexuales suelen padecer una falta de estima de sí mismos y una soledad que resulta difícil o incluso imposible de comprender para los heterosexuales. Obligados a ocultar su condición en el ambiente social ordinario, los homosexuales no pueden evitar el sentirse como extraños. Necesitan entablar amistad y relacionarse entre sí a fin de compartir, como todos los demás, sus más profundos sentimientos, temores y emociones. Necesitan la amistad para edificar sus vidas y el tipo de relaciones que les es imposible establecer como no sea con los de su misma condición. Los homosexuales tienen los mismos derechos a la amistad, a la asociación y a la vida comunitaria que los heterosexuales. 

5) Los homosexuales tienen los mismos derechos al amor, la intimidad y las relaciones que los heterosexuales. Al igual que éstos, están obligados a proseguir los mismos ideales en sus relaciones, buscando siempre la creatividad y la integración (cap. IV). Las normas que rigen la moral de la actividad homosexual son igualmente válidas en toda actividad sexual, y las normas que rigen la actividad sexual son las mismas que han de aplicarse a toda actividad ética humana.

En este punto se plantea el problema: ¿Cabe pensar que Dios y la naturaleza han negado a los homosexuales, en virtud de su condición, el derecho de que disfrutan los heterosexuales a la expresión íntima sexual del amor? El homosexual es el individuo para quien resulta natural e irreversible a todos los efectos prácticos la orientación exclusiva o predominantemente homosexual. Esta condición irreversible no ha sido elegida libremente por el homosexual, del mismo modo que el heterosexual tampoco ha elegido la suya. ¿Es de suponer que los homosexuales, en virtud de su condición, tienen garantizado por Dios el «carisma» del celibato? Los datos aportados por las ciencias del comportamiento parecen indicar 10 contrario. ¿Es de suponer que los homosexuales tienen ipso facto la obligación y la vocación de elaborar un plan de vida ascético más exigente que los heterosexuales? Los heterosexuales son libres para elegir o rechazar el celibato. ¿Se ha de negar a los homosexuales esta misma libertad de elección? Los heterosexuales pueden considerar la continencia como una vocación. ¿Habrán de considerar los homosexuales la continencia como su destino? 

Nuestras reflexiones nos llevan a opinar que la moral sexual cristiana no pide una doble norma. Los homosexuales tienen los mismos derechos y deberes que la mayoría heterosexual. Los homosexuales, al igual que la mayoría heterosexual, habrán de analizar y valorar su comportamiento a la luz de las mismas valoraciones y conforme a las mismas normas morales para determinar si sus -acciones ostentan o no las características propias de una sexualidad humana integrada. El pastor o el consejero ayudarán al homosexual a formular un juicio moral sobre sus acciones y sus relaciones en términos de si son o no autoliberadoras, enriquecedoras del otro, honradas, fieles, al servicio de la vida y gozosas. Como cualquier otra persona, los homosexuales están obligados a evitar la despersonalización, el egoísmo, la falta de honradez, el libertinaje, el daño a la sociedad y la desmoralización. Mientras ayudan a los homosexuales a establecer esta valoración moral, el pastor y el consejero les animarán a ampliar su atención hacia el contexto de su vida total, a todas sus '<lcciones y relaciones, y sobre todo a sus relaciones con Dios y al estado de su vida espiritual de oración y participación en la vida sacramental de la Iglesia. 

6) Dado que sus amistades y relaciones no cuentan con la aprobación y el apoyo normales que la sociedad presta a las relaciones heterosexuales, los homosexuales tienden a sufrir de manera muy real la tentación del libertinaje. La práctica pastoral católica, sin advertirlo, ha fomentado la incidencia del libertinaje entre los homosexuales precisamente al prevenidos contra la formalizadón de amistades íntimas o exclusivas. Se ha dado por supuesto que los homosexuales que viven juntos se encuentran en ocasión próxima de pecado; se les aconsejaba desistir o incluso se les negaba la absolución en el sacramento de la penitencia. Al no poder establecer unas relaciones profundas y duraderas, los homosexuales se han encontrado incapacitados para guardar continencia y obligados a multiplicar las relaciones superficiales. 

Ante el problema del libertinaje, el pastor o el consejero podrán recomendar el establecimiento de amistades estrechas y estables entre los homosexuales, pero no simplemente como un mal menor, sino como positivamente buenas. No hay que considerar estas amistades como una ocasión próxima de pecado. La amistad es siempre positivamente buena. Las dificultades surgen de la orientación homosexual, no de la amistad. 

Cada vez son más frecuentes las ocasiones en que se pide a un pastor que bendiga o solemnice litúrgicamente el llamado «matrimonio homosexual». Históricamente se ha entendido el matrimonio como una unión heterosexual, por lo que nos parece equívoco o inadecuado describir la unión estable entre dos homosexuales como «matrimonio». Todo lo que pudiera sugerir una celebración sacramental del matrimonio, por consiguiente, nos parecería igualmente inadecuado y equívoco. Por otra parte, la oración, e incluso la oración comunitaria en favor de dos personas que se esfuerzan por vivir cristianamente, encarnando los valores de fidelidad, sinceridad y amor, no es cosa que quede fuera de las posibilidades pastorales de una Iglesia cuya tradición ritual incluye una rica variedad de bendiciones51. La conveniencia de tales actos deberá ser determinada por la prudencia pastoral, teniendo en cuenta todas las consecuencias posibles, entre ellas las repercusiones sociales. 

7) Los homosexuales cristianos tienen los mismos derechos y la misma necesidad de los sacramentos que los heterosexuales. A la hora de decidir si ha de conceder o negar la absolución o la sagrada comunión a un homosexual, el pastor podrá guiarse por el principio general de la teología moral fundamental de que sólo ha de imponerse una obligación cierta. Ubi dubium} ibi libertas. Una duda invencible, sobre la ley o sobre el acto, permite seguir una opinión verdadera y sólidamente probable en favor de la libertad52 . 

A la luz de las dudas subsistentes y de las cuestiones aún no aclaradas en relación con la homosexualidad, teniendo en cuenta las circunstancias históricas subyacentes a la prohibición bíblica y tradicional, las opiniones divididas de las autoridades teológicas y la argumentación aducida a favor de considerar los actos homosexuales no precisamente como intrínsecamente malos, vistas todas estas consideraciones, puede invocarse la opinión sólidamente probable a favor de que se permita a los homosexuales la libertad de conciencia y el libre acceso a los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía. 

La homosexualidad no es un problema al que un ministro pastoral necesite únicamente proponer y ,aplicar las soluciones adecuadas. Por el contrario, la homosexualidad es una cuestión que la teología moral sólo muy recientemente ha llegado a apreciar en toda su complejidad, su ambigüedad y sus incertidumbres. Admitidos los límites de nuestros conocimientos, los confesores y los consejeros habrán de tener muy en cuenta que no tienen derecho a imponer puntos de vista discutibles y opiniones dudosas a los demás, con 10 que interferirían en su libertad fundamental de conciencia. En igualdad de circunstancias, un homosexual que practique actos homosexuales con buena conciencia tiene los mismos derechos de conciencia y los mismos derechos a los sacramentos que un matrimonio que practique la limitación de la natalidad con buena conciencia. 

8) Cuando parezca que a un homosexual le ha sido otorgada la gracia de la continencia, el confesor y el consejero deberán anímarle a cooperar generosamente con esa gracia y a acogerla libremente. Pero nadie está obligado a un imposible moral. Un pastor o un director espiritual experimentados saben que la continencia absoluta es en última instancia una gracia de Dios, que no a todos es concedida. Cuando hay indicios de que tal gracia no ha sido otorgada a un hombre o mujer de tendencia homosexual, el pastor no tiene otra alternativa que aceptar la condición homosexual como un hecho y ayudar a la persona en cuestión a vivir de acuerdo con las mismas normas morales que los heterosexuales, esforzándose por asegurar los mismos objetivos de creatividad e integración.

9) De acuerdo con la disciplina actual de la Iglesia católica, el sacerdocio y la vida religiosa exigen de sus miembros no sólo una sana madurez emocional y sexual, sino también la aceptación libre de un estado de vida que no se impone a quienes no han emitido los votos religiosos o han abrazado el sacerdocio53 . Todas las exigencias que se plantean a los sacerdotes y religiosos heterosexuales valen igualmente para los que tengan inclinaciones homosexuales. 

En el caso de una persona de inclinaciones predominante o exclusivamente homosexuales que pretenda abrazar el sacerdocio o la vida religiosa, el pastor o el consejero deberán obviamente distinguir entre la atracción erótica y la actividad plena, entre un acto homosexual de carácter incidental y la conducta homosexual constante. Los candidatos al sacerdocio o a la vida religiosa han de estar seguros de que son capaces de vivir los ideales y las exigencias del celibato, especialmente si se tiene en cuenta que sacerdotes y religiosos suelen vivir en un ambiente monosexual. Incluso cuando hay indicios de que son capaces de vivir el celibato, nunca se deberá animar a los homosexuales a ingresar en un seminario o en un noviciado religioso simplemente como una manera de eludir el enfrentarse con su sexualidad y hacer de ella una energía creadora en sus vidas. 

10) La tradicional actitud cristiana ante la homosexualidad a lo largo de muchos siglos hace a la Iglesia responsable al menos indirectamente de muchos prejuicios y de la discriminación que sufren actualmente en la sociedad los homosexuales. Como representantes de Jesucristo, los dirigentes de la Iglesia tienen una grave responsabilidad que les exige trabajar en pro de la eliminación de las injusticias que todavía sufren los homosexuales en nuestra sociedad. Entre estas injusticias se incluyen ciertas prácticas discriminatorias en cuanto al alojamiento y el trabajo. Especialmente en el ámbito de la legislación y los derechos civiles, la autoridad eclesiástica haría muy bien en atenerse a las orientaciones establecidas por el Informe Westminster, encargado por el antiguo arzobispo católico de Londres, Bernard Griffin (1956): «No están justificadas las sanciones penales con el fin de procurar la restricción de los pecados cometidos contra la moral sexual en privado por adultos responsables». Al año siguiente, 1957, el célebre Informe Wolfenden, elevado al Parlamento Británico con la recomendación positiva de la Iglesia de Inglaterra, formulaba las mismas recomendaciones: «El comportamiento homosexual entre adultos libres y en privado no debe constituir en adelante un delito criminal»54 . 

No debería ser mucho pedir que la Iglesia y sus dirigentes se comportaran como algo más que barómetro de la pública opinión moral y que se pusieran a la cabeza del movimiento que trata de defender, adelantándose a los tribunales, los derechos civiles de los homosexuales, procurando cambiar una situación social injusta, a pesar incluso de que no se trate de una causa muy popular. Si hoy se intenta eliminar cualquier discriminación por motivos de raza o religión, esta actitud debería extenderse lógicamente a la eliminación de las discriminaciones e injusticias que se fundan en la orientación sexual. 

11) Como grupo que ha sufrido desproporcionadamente opresión y desprecio, los homosexuales tienen especial derecho a reclamar la atención de la Iglesia y sus autoridades. Los homosexuales pueden reclamar una atención pastoral ilustrada y eficaz y contar con la ayuda de unos ministros que estén preparados de manera especial para responder a sus necesidades peculiares. La Iglesia en general podría aprender mucho de los esfuerzos pastorales y de la experiencia que en este terreno han adquirido católicos y protestantes a través de su esfuerzo conjunto en Holanda. 

Los homosexuales tienen derecho a esperar comprensión y aceptación por parte de sus pastores y consejeros, que también procurarán animados a conseguir la madurez y la integración personales en su vida y en sus relaciones. Para ello necesitan los homosexuales el aliento y el apoyo de sus mentores espirituales. Necesitan la atmósfera de comprensión y las actitudes que Jesús demostró para con los oprimidos y despreciados de su época. 

12) Hemos de repetir una vez más que hay muchos aspectos provisionales e inciertos en todo 10 relativo a la cuestión de la homosexualidad. Será preciso investigar aún mucho y acumular mucha experiencia pastoral antes de que estemos en condiciones de formular unas líneas generales de actuación en el terreno de la pastoral. Pero también podemos repetir como cosa cierta que donde hay afecto sincero, responsabilidad y el germen de una auténtica relación humana -en otras palabras: donde hay amor Dios está presente con seguridad.

 

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